La Marilyn.

Por Ignacio Luccisano. *

“Él es a quien le gustan todas las canciones bonitas. Y le gusta cantar solo. Y le gusta disparar su pistola. Pero no sabe lo que eso significa”.

                “In Bloom” – Nirvana.

 El estruendo de los disparos provoca un eco infinito en el bosque, y como si hasta entonces todo hubiera estado bajo los efectos de un hechizo, la quietud se rompe y da paso a un movimiento frenético que busca recuperar el tiempo perdido. Los pájaros se desprenden de las ramas de los eucaliptus, y asustados, levantan vuelo agitando furiosamente sus alas. El viento sopla con fuerzas y empuja pesadas nubes que logran conformar una masa gris, uniforme, plomiza. De pronto, el aire se vuelve glacial.

Abajo, en la tierra, Marcelo se abre paso torpemente entre yuyales. Tropieza. Trastabilla. Tiene los ojos abiertos, grandes, blancos. Respira agitadamente, y como un pez sobre la superficie, da grandes bocanadas buscando aire. Se detiene. Levanta su cabeza hacia el cielo. Ve miles de pájaros huyendo. El hechizo está roto.

Yo estaba ahí, sin entender…Entonces empecé a correr a lo de los vecinos e inventé que nos habían asaltado…

Sus dedos flacos, largos, y encorvados como garfios, con las uñas pintadas de un rojo furioso, juegan con  un pedazo de mimbre que se desprende de la silla desvencijada del pabellón.  Mientras me ceba mates, Marcelo habla y sonríe todo el tiempo.

No lo pensé ni lo tenía planificado. Fue un impulso. Me acerqué con la carabina y apunté. Estaba con mucha bronca. Una bronca de años…

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Cristián Marcelo Pablo Bernasconi nació el 6 de junio de 1990 en la localidad bonaerense de Magdalena, a 106 kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires, a 16 de La Plata, y a pocos metros de la orilla del río. Hasta la fecha Juana Pintos ostenta con el privilegio de ser la única persona medianamente conocida de Magdalena. Sin embargo, el 26 de mayo de 2009, Marcelo le iba a rebatar por unos días, la popularidad a esa mujer que muchos magdalenenses no sabían quién era.

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Aunque no conserva fotografías de sus primeros años, Marcelo se enorgullece al afirmar que por aquel entonces era bien rubio, de tez bien blanca. Nada se parecía a este pelo negro teñido de amarillo flúor, y a esta piel trigueña con la que nada puede hacer. Hechicero con las palabras, sabe armar las oraciones y marcar pausas que generan tensión en el relato.

La bombilla del mate chista por falta de agua. Marcelo ceba otro, y cuando me lo pasa,  cuenta que desde que tiene uso de razón empezó a jugar a la casita gracias a su mamá que le compraba ollitas de plástico.

-Después, un día empezó a regalarme vestidos, polleras, collares, maquillajes y zapatos de ella… Me vestía como mujer y yo crecí como si fuera una mujer. A los 6 años me compraba muñecas. Mi hermano me llevaba 9 años de diferencia y casi nunca jugaba conmigo. Teníamos peleas como todos los hermanos, y en una de ellas me dijo que yo era adoptado. Eso me quedó grabado. – dice.

Tan grabada le quedó la ofensa, que desde entonces Marcelo no dejó de preguntarse por que no había fotos de su madre embarazada de él. Esas preguntas lo llevaron a otras. ¿Por qué me tuvo recién a los 41 años?… ¿Por qué no me parezco en nada ni a ella, ni a mi hermano? ¿Por qué Carlos me lleva más de diez años?…

Una vez me llegó una historia, que no sé si es verdad o mentira, sobre una pelea de mis papás y un romance de él con otra mujer. Dicen que al tiempo de tenerme, ella se enfermó y se murió. Según me contaron, mis papás llegaron a un acuerdo para que me cuidaran y mi mamá me aceptara como su hijo.

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Después de algunas patadas en las costillas, un par de sopapos y unos cuantos coscorrones en la cabeza, Marcelo finalmente confesó los crímenes. Lo encerraron en la comisaría novena de la ciudad de La Plata. Un mes más tarde, lo mandaron de nuevo a sus pagos. Paredes carcomidas, rejas, motines sangrientos, hacinamiento y violencia extrema, lo esperaban en una de las prisiones más represivas y trágicas del sistema carcelario argentino: el penal de Magdalena.

Con un miedo que le revolvía las tripas, apenas dio sus primeros pasos en la cárcel, los canas lo empujaron casi a la rastra hacia el pabellón evangélico. Como saben que homosexuales y religiosos no se llevan bien, tenían para divertirse un rato. Pero ese “rato” se prolongó por dos meses.  Homosexual confeso, lo trataban de “ovejita rosa” cuando estaban de buenas, y “puto de mierda” cuando de malas.

-Quizás estaban todos tomando mate, iba yo y me dejaban solo. Así que le pedí al abogado que me trasladen acá.

“Acá” es un pabellón donde no se mezcla el ganado.  Sobre las paredes carcomidas por la humedad, veo algunas frases escritas con lapicera azul y un par de dibujos obscenos. En el medio, se mezclan afiches de actores ricos y famosos, mostrando sus caras bonitas o sus músculos bronceados. Como “acá” no hay distención de sexos, tampoco las hay de nacionalidades ni de popularidad. Al lado de una foto de Brad Pitt, puede convivir tranquilamente una de Pablo Echarri.

Somos cuarenta todos iguales. Lo primero que me dijeron cuando me vieron entrar fue: “Pero si es una criatura”. Soy el más chico del pabellón. Nunca había estado en contacto con travestis, así que para mí fue todo nuevo. Y ahora cambié, ya no soy más Marcelo, ahora soy Marilyn.- me dice con orgullo.

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Marilyn y Johana son dos nombres tan comunes entre los travestis, como Carlitos a los mozos o José entre los carpinteros. Sin embargo, este nuevo nombre no nació por elección propia. No.

El nuevo nombre fue elegido por los habitantes de Magdalena. Años atrás, cuando Marcelo iba al almacén, los hombres del pueblo lo veían tan mariconcito, tan señorita, que lo insultaban diciéndole “Ahí viene la Marilyn”, y entonces se desataba la carcajada popular. Hoy, este nombre inventado por el jolgorio folclórico es el mismo que eligió para ocultar al verdadero Marcelo Bernasconi. Con una sonrisa picara, aclara que después de lo que pasó, está segura que ya no se reirán más de “la Marilyn”.

-En el colegio me gustaban los chicos. A los 10 años, mis compañeritos de escuela estaban enamorados de las chicas y yo de ellos. Como sabía lo que se hablaba de los putos, me agarró terror. En esa época, ser homosexual era terrorífico. Pero me callé y me encerré en el estudio. Trataba de no pensar en nada. Eso me llevó a terminar noveno año con el mejor promedio. En 2004 nos mudamos de campo, papá era siempre el que trabajaba y ahí empecé a trabajar yo también. No quise seguir con la escuela.

La pequeña y humilde casa prestada era apenas un punto rojizo, de paredes carcomidas, en medio del vasto campo dorado de trigo que se llama “Estancia El Rosario”, y queda a pocos kilómetros del pueblo de Oliden. Allí, a un costado de la casucha, su padre y su hermano armaron un pequeño tambo de 10 vacas con la plata que ahorraron con el sudor de sus frentes. Y fue precisamente durante aquellos buenos años, cuando Marcelo tuvo su primer romance. Fue con uno de los hijos del patrón. Una calurosa tarde de enero, mientras se bañaban en las verdosas aguas de un estanque australiano, entre zambullidas y empujones, los dos chicos comenzaron a tocarse por debajo del agua y, cuando nadie los veía, se dieron unos besos.

El hijo del patrón era tres años mayor y lo tranquilizaba diciéndole que lo que hacían no tenía nada de malo. Eran dos simples amigos que se querían mucho. De golpe, Marcelo se encontró con una persona de su edad, de buenos modales y que le brindaba afecto, caricias y calentura. No tardó en enamorarse. Afirma que por las noches suspiraba de amor y se quedaba hasta altas horas escribiendo cartitas románticas que le entregaba a escondidas al día siguiente. Cuando llegó marzo, su corazón se entristeció porque presintió la ruptura de una “amistad”, y el final de un verano que había sido mágico. Pero con este primer romance, también llegó la primera traición, el primer gran dolor.

Durante el recreo del primer día de clases, el hijo del patrón le dijo a sus compañeros que aquél, el morochito aquel, sí, ese, el que lo estaba mirando fijo, el tímido con cara de puto, lo había querido besar mientras se bañaba en el estanque de la estancia de su papá. Y eso no era nada. Cuando nadaban juntos, el muy degenerado, estiraba la mano por debajo del agua y buscaba tocarlo.

“Pueblo chico, infierno grande” es un refrán remanido. Uno no debería abusar de ellos para explicar lo que no necesita explicarse. Pero creo que es necesario traerlo a colación, porque fue entonces cuando realmente comenzó el infierno personal de Marcelo Bernasconi.

Eso llevó a que me gritaran cosas, me llamaran al celular, me mandaran mensajes. Me decían “puto”, pero a la vez querían estar conmigo. A mis amigos homosexuales les pasaba lo mismo: nos buscaban, pero nos discriminaban.

Hoy, el hijo del patrón de la estancia El rosario está casado, tiene tres hijos, y guarda el secreto de su despertar sexual para las noches en que le cuesta conciliar el sueño.

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“El acusado del homicidio no presenta alteraciones pasadas o presentes en sus funciones psíquicas”. Fue una de las frases que dijo la voz carrasposa del juez cuando pronunciaba parte de la sentencia efectiva que condenó a Marcelo Bernasconi a veinticinco años de prisión.

Los jueces no saben nada sobre el ámbito rural y lo que significa tener una sexualidad diferente en un lugar donde los patrones se “pasan” a los chicos si los ven afeminados… Pero ellos no son putos, los putos somos los que nos hacemos cargo…

Eran alrededor de las 2 de la mañana del 27 de mayo, cuando Marcelo llegó a la DDI de la Plata. Quebrado por el acoso policial, ya no le quedaban más ganas de inventar y detallar cómo había sido el robo que en realidad nunca existió. Con la cara bañada de lágrimas y sangre, Marcelo le pidió al comisario Gustavo Montalbano que le diera papel y lápiz. Tardó una hora y media. Durante ese tiempo, escribió diez páginas donde cuenta con lujos de detalles cómo había sido el infierno de su infancia y adolescencia, pero sobretodo, lo que más le interesaba leer  al comisario Montalbano a las dos de la mañana, cuál había sido la “razón” que lo había llevado a cometer los brutales asesinatos.

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Sentada en la silla de mimbre, La Marilyn en ningún momento apela a la compasión, ni tampoco a la revancha. Los años de opresión en su casa no se comparan en nada con el alivio que siente ahora, dentro de la cárcel. Si hay algo que todos notan la primera vez que ven a Marcelo, aun sin conocerlo ni saber su historia, es esa atmósfera de antiguo dolor  que lleva impregnado en su rostro.

-Mi hermano se mandaba macanas y los retos los recibía siempre yo. De parte de mi mamá, nunca un abrazo, nunca un beso, nunca nada. A la legua se notaba la afinidad que tenía con él. Yo nací y crecí en Magdalena, y tuve una infancia de campo. El campo no es como la ciudad, donde tenés amigos para jugar: te arreglás solo. Fue una infancia alegre y triste. Alegre porque, si bien jugaba solo, tuve una niñez normal, pero triste porque nunca tuve el afecto de mi mamá.

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Rodolfo tiene el cuchillo en la mano. El sol de Oliden le saca brillo a la hoja afilada.  Están en el gallinero de la estancia El Rosario. Marcelo entrecierra los ojos. Es un domingo de enero. Hace mucho calor y la humedad les hace transpirar. La tela de sus camisas raídas se les pega a sus espaldas.

-Vas a matarlo vos… – le dice Rodolfo a su hijo más chico.

Su voz es rotunda y decidida. Según le acaba de mostrar, para matar una gallina la tenés que agarrar fuerte y torcerle el pescuezo como si exprimieras algo. Parece fácil, pero el bicho se mueve mucho. Marcelo se queda mirando con compasión al animal.

– ¿Y?.. ¿Qué esperas? – le dice su padre.

Marcelo obedece. Es el momento de la verdad.  El niño toma al sitio del padre. Agarra a la gallina. Acomoda sus manos sobre ella. Una sobre el pescuezo, la otra, sobre sus extremidades. Aprieta fuerte.

-No, así no…- lo corrige Rodolfo. Marcelo presta atención.

Así…una mano acá… la otra acá… – concluye su padre.

Le pasan el ave. Siente el peso en sus manos. El chico queda hipnotizado mirando fijo los ojos del animal. Siente lástima.

–Dale, retorcele el cuello.– se impacienta Rodolfo.

– ¿Cómo?

Como te acabo de enseñar… con fuerza.

El hijo no reacciona. Entonces, el padre agarra sus pequeñas manitos y los dos juntos aprietan. El niño cierra los ojos. Hace fuerzas, su cara se pone roja. El pescuezo del animal truena. Siente los huesos crujir. Cuando abre los ojos, observa cómo su padre sostiene el cuerpo inerte de la gallina mientras lo aparta a un lado.

– Esto lo tengo que hacer yo.

Rodolfo agarra el cuchillo y pasa su afilada hoja por el cuello del animal. Le hace un largo tajo de lado a lado, de donde brota un chorro escarlata que baña el pelaje blanco de la gallina. Si esta operación no se hace bien, la sangre no mana y se queda adentro. Después es más complicado a la hora de abrirlo, le explica Rodolfo a su hijo mientras los dos observan en silencio cómo el animal se desangra.

-Siempre tuve mucha afinidad con papá. Pero en 2007 se enfermó. Para mayo su estado de salud estaba bastante deteriorado, tenía un tumor en el colon. Una tarde le conté que me gustaban los chicos. Ya para ese entonces yo estaba más enterado de lo que era ser homosexual. Yo dije: “Este me va a pegar una patada en el traste”; pero me dio esa confianza para decírselo y, al contrario, me apoyó. Me dijo que nada iba a cambiar, que yo iba a ser siempre su hijo. Y a partir de ahí nos unimos más. El 7 de noviembre fue operado, y el 24 falleció. La muerte fue inesperada, porque había otro pronóstico.

Con la muerte de su padre, finalmente llegó la tormenta que como una especie de profecía se cumplió. Los años de convivir con el miedo, el miedo verdadero, acababan de empezar. Marcelo no tardó en caer en un pozo depresivo. A los pocos días del entierro, su madre lo encontró llorando sobre la cama de su habitación. Cuando le preguntó que le pasaba, le dijo con mucha alegría que a pesar de la tristeza que sentía estaba feliz porque había podido compartir un gran secreto con su papá.

-¿Cuál? –  le preguntó su asombrada madre.

-Soy homosexual.

-¿Qué?- lo retó.

-Que soy gay y me gustan los hombres… – gritó Marcelo.

La Marilyn se lleva una mano a la boca para tapar la carcajada que le sube por la garganta. El recuerdo de esa escena le produce risa.

– ¡Ay, para qué!los gritos casi levantan el techo de la casa… A mí me sorprendió que ella se enojara tanto después de todas las cosas que hizo para que me convirtiera en señorita…

La Marilyn, ahora habla de forma canchera, como si ese recuerdo ya fuera muy lejano. Sin embargo, después de las risas, se queda pensativa durante unos segundos. Estira su mano y agarra la pava y el mate. Ceba uno frío.

-Ese día empezó el infierno que me terminaría trayendo a este pabellón. Me dijo de todo: que era la vergüenza de la familia, que más valía que nadie se enterase. Armó un escándalo. Al otro día le conté a mi hermano, buscando su apoyo, pero fue igual o peor. Pensé que me iba a defender, pero todo lo contrario. Me dijo: “Cuando eras chico, te tendríamos que haber tirado a un chiquero de chanchos… ¡Sos un enfermo!”.

Su madre se complotó con su hermano y  ese día empezaron los peores hostigamientos. Lo retaban, lo insultaban, le controlaban la plata que gastaba, la ropa que se compraba, las llamadas recibidas y realizadas desde su celular. Le prohibieron salir solo, tener amigos varones. Debía cortarse el pelo una vez por mes y las uñas cada quince días. Cuando Marcelo les hablaba, muy pocas veces le respondían. Entonces, agachaba la cabeza y salía al campo a llorar. A partir de ese día también, lo obligan a hacer el trabajo pesado que hacia su padre.

-Cuando murió mi papá me hice cargo del trabajo: me levantaba a las cinco y media, ordeñaba las vacas y hacía masa para muzzarella. A las ocho salía en caballo a recorrer las 525 hectáreas y trataba de terminar a las diez y media para cocinar. Después lavaba los platos y limpiaba la casa, y a eso de las dos y media ya me iba a apartar las vacas para hacer el tambo. A las cinco encerraba a las ovejas en dos corrales y les daba de comer a los chanchos. Al final del día cocinaba la cena y lavaba los platos…

Después de una extenuante jornada de trabajo, Marcelo esperaba la noche para ver los resplandecientes vestidos que usaban las vedettes que iban a bailar a Showmatch. Pero quienes copaban la televisión eran su madre y su hermano, mientras él tenía que estar lavando los platos. Cuando se iban a acostar, su madre lo despedía con una plegaria que era siempre la misma:

-“Te vamos a sacar machito a vos…”

Una mañana de octubre de 2008, Juana Alicia Pérez, la madre de Marcelo, debe ser operada de urgencia y es entonces cuando se enteran que tiene cáncer. Además del trabajo de campo, Marcelo también debe ocuparse de las tareas de la casa. Su hermano, indiferente, juega a los “jueguitos” tirado en la cama. Cuando vienen los patrones, agarra la pala y hace como que trabaja.

-Todos los días me decía: “Puto de mierda”.

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“Hola, me llamo Matías, soy de Bavio. Me pasó tu nro Edgardo”  fue el mensaje de texto que recibió Marcelo la noche del 24 de enero de 2009. Como su madre y su hermano le controlaban el celular, no respondió sino hasta la madrugada siguiente. Desde entonces, tomando todas las precauciones posibles, estuvieron mensajéandose durante toda la semana. Quedaron en encontrarse el sábado a la noche en Olinden. La decisión del encuentro no fue al azar. Ese día comenzaban los carnavales y él no se los iba a perder ni loco porque formaba parte de la comparsa “Los Locos de la Ruta”, y allí, encontraba la felicidad negada durante el resto del año. En el carnaval se podía poner tacos, vestido, peluca y antifaz y… sobretodo… divertirse. Sí, ahí podía divertirse delante de todos.

A las ocho y media de la noche del sábado primero de febrero del 2009. Matías, disfrazado de Freddy Mercury, paseaba por las calles de Olinden buscando a Marcelo Bernasconi en medio de una multitud sudorosa y borracha, que se agitaba al compás de los tambores. Pero no hay caso, no lo encuentra por ningún lado. Abriéndose paso a empujones y codazos, Matías está a punto de desistir, pero de repente, la mano de Edgardo lo agarra del hombro y lo frena. En medio del ensordecedor griterío, le hace gestos toscos  indicándole que aquel, el que está vestido de mujer, es Marcelo. El flechazo es inmediato. En medio de una muchedumbre eufórica, que durante esos días prefiere dejar su moral de lado, se consuma el primer beso…más bien… “el besito”.

-Matías es muy tímido el pobrecito… Pero en él encontré la fuerza y el apoyo que necesitaba para seguir, porque hasta ese momento había tenido varios intentos de suicidio. No daba más.–  dice La Marilyn trasmutando una sonrisa por un rostro serio. Se queda en silencio durante unos segundos mientras sus pensamientos sobrevuelan hacia el vacío.

-¿Por qué no te fuiste con él? – le pregunto sacándolo de aquellas imágenes de carnaval para traerlo de nuevo a este presente de rejas y paredes carcomidas.

– No podía porque yo me sentía la cabeza de la familia. Sabía que si me iba, ellos se quedaban en la calle. Y yo no quería eso para ellos. Tampoco podía prohibirle a Matías estar con su familia por mí. Para irme a un lugar tenía que irme lejos, porque si me iba a la casa de algún amigo, tarde o temprano me iban a encontrar. Desde que conocí a Matías hasta que pasó lo que pasó, viví con esas voces detrás mío todo el día, gritándome.

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Marcelo Bernasconi corre sin parar. Se abre paso torpemente entre yuyales. Tropieza. Trastabilla. Tiene los ojos abiertos, grandes, blancos. Todavía lleva en sus manos la carabina de su padre, una semiautomática Mahely M-11, calibre.22. Le falta el aire. Abre la boca como un pez que da grandes bocanadas para no morir asfixiado. Levanta su cabeza hacia el cielo. Ve  miles de pájaros huyendo.  Un mal presentimiento se impregna en él.  Es la extraña calma que precede a la catástrofe. Al ver el arma en sus manos, sospecha que ha desatado una masacre. La tira entre los yuyos y con pasos lentos, pesados, se dirige hacia al campo de los vecinos. Se agacha para sortear los alambres. Una jauría se abalanza para recibirlo. Los perros ladran furiosos y parecen a punto de atacarlo, pero cuando lo huelen, se tranquilizan. Lo conocen. Marcelo hace palmas y después golpea la puerta de madera destartalada y putrefacta.

Rosa, la mujer de Rubén, abre. Lo mira asustada. Fue un asalto. Aparecieron de la nada. Unos tipos encañonaron a mi madre y hermano, y yo alcancé a huir. Le tiemblan las manos y las piernas. Siente un vacío en el estomago. Transpira. Se va a desvanecer. Lo hacen pasar a la casucha. Desde la cocina desfilan varias personas. Los hijos y nietos de Rosa y Rubén. Lo sientan en una silla de mimbre desvencijada, como en la que está ahora, en el pabellón del Penal. Llora desconsoladamente mientras les pide que por favor llamen a la policía.

Veinte minutos más tarde, llega un móvil de la Policía Bonaerense. Los oficiales ingresan a la Estancia El Rosario y descubren el doble crimen. Luego se dirigen al campo del vecino. Cuando entran a la casa, ven al muchacho sentado en la silla desvencijada. Lo ven temblar de miedo. Marcelo levanta su cara y les pregunta por su mamá y su hermano.

– “Quédate tranquilo que tu mamá y tu hermano están en la cocina tomando mate” – le mienten.

Marcelo se calma. Se queda mirando fijo un retrato del Sagrado Corazón de Jesús que cuelga de una pared pintada de verde agua y desconchada. Los policías le piden que describa a los ladrones. Mientras habla, los inventa basándose en los personajes de las películas de acción que vio en el cine de Magdalena.

——–

Apenas  seis meses después del crimen, el casco de la Estancia El Rosario donde vivía la familia Bernasconi fue ocupado por un peón regordete que se instaló junto a su mujer y su pequeño hijo de un año. Mientras el pequeño juguetea con un gato, el peón se sienta en un banco de madera, agarra la pava y me pasa un mate.

-Los primeros tres meses fueron un infierno. No nos dejaban en paz. Era un constante peregrinar de curiosos que venían a ver la casa… ¿Qué mierda quieren ver?… Las manchas de sangre… ¿vos podes creer?… Nunca me imaginé que podía haber gente así.  Tan morbosa. Cuando la cosa se estaba calmando, un día aparecen tres tipos de trajes y anteojos negros, arriba de una camioneta de lujo con vidrios polarizados. Decían que eran de una productora de Buenos Aires y que iban a filmar una película sobre los asesinatos. Se metieron en la casa, miraron para todos lados y se fueron…

Le devuelvo el mate.

Al pedo nomás…  -dice para sí mismo.

Nos quedamos en silencio. El hombre se ceba un mate para él.

-¿Ud. Lo conocía? – le pregunto al cabo de unos segundos.  Levanta la cabeza y me mira como si  acabara de preguntarle una estupidez.

-Sí, claro… pero de vista nomás…Yo no trataba con él, trataba con el padre… era buena persona Don Rodolfo… este chico en cambio era medio rarito,  muy calladito… no le crea todo lo que dice. Es muy exagerado y mentiroso… tenga cuidado… eso de que hacía todo el trabajo pesado es puro verso. No hacía nada. Ni él, ni su hermano hacían nada. Basta con mirarle las manos para  darse cuenta de que no era capaz de levantar ni una ramita.

Después de unos cuantos mates más, me despido y le agradezco la amabilidad de dejarme charlar con ellos.

¿No quiere ver la casa? – me pregunta cuando le doy la espalda y comienzo a dar los primeros pasos. Me detengo pensativo. Finalmente levanto la mano para decirle que no.

No gracias…- “al pedo nomás” pienso para mis adentros, pero no se lo digo.

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Es casi medianoche. Escucho el repiqueteo de las gotas de lluvia contra la ventana de mi living. Abro la carpeta del expediente de la causa de Marcelo Bernasconi y el primer párrafo que encuentro hace que vea el momento de los asesinatos como si se estuvieran proyectando en una pantalla de cine.

“Las personas fallecidas fueron sorprendidas en sus quehaceres, el masculino, ordeñando en el corral, ya que se constató que en sus manos tenía crema de ordeñe y restos de pelos de animal, mientras que la femenina, se encontraba dentro de la vivienda, lavando unas mamaderas para cordero en la pileta de la cocina comedor. Ambas personas no advirtieron la presencia del atacante, quien los sorprendió por la espalda […]. Las dos víctimas no presentaban signos de lucha y/o defensa.”

Pienso en las palabras del nuevo peón de la estancia. Me entran dudas. ¿El hermano estaba ordeñando?… ¿No era Marcelo el que se levantaba temprano para ocuparse de todo eso? ¿Ese día todo fue distinto?

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En el pabellón 40, La Marilyn ya no ceba mate. El agua se ha enfriado y ha dejado la pava apoyada sobre el piso. Levanta la cabeza y mira a través de unas rejas que comunican a un largo pasillo por el que se sale al patio “recreativo”.  Está pensativa.

-Hay una nube en mi memoria  y cuando vuelvo en mí, estoy lejos de casa, corriendo por el campo, transpirado, con un arma en las manos, preguntándome qué es lo que acabo de hacer  y sin animarme a volver. No tengo casi ningún otro recuerdo. Apenas alguno de mi hermano. Y de mi mamá nada, aunque me dijeron que la maté primero a ella. De mi hermano puedo decir que estaba a una distancia de unos tres metros, de espaldas, en el corral de ordeñe. Recuerdo el sonido del tiro y el instante en el que los pájaros salieron volando con su retumbe de aletas…

Hacemos silencio. Esta vez no me animo a romper los recuerdos que tiene La Marilyn. Uno esperaría que a continuación todo se desarrollara según estipulan los guiones del melodrama: el rostro compungido del asesino que rompe en llanto, se arrepiente de sus pecados, grita que mató por falta de amor, porque no soportaba más esa vida miserable, y poco a poco,  todo va conduciéndonos hacia el final inexorable donde la historia termina con una moraleja, o alguna frase donde promete que no lo volverá a hacer. Pero La Marilyn no es así.  Ella tiene el rostro sonriente.

-Después del hecho sentí mucha paz. Ya nunca más tuve esas vocecitas atrás que me recriminaban todo. Sé que voy a perder mi juventud acá adentro, pero, mal que me pese, ahora siento mucha paz.

La Marilyn me sonríe y con una mano se acomoda el pelo teñido de rubio, mientras que con la otra se apresura a sacar un cigarrillo del paquete que está en el piso, al lado de la pava. Se  lleva un pucho a la boca y me extiende el paquete para convidarme uno. Niego con la cabeza. Se sorprende ante mi negativa. Le digo que después de una dura batalla, logré dejarlo hace ya un año y medio. Me reta. Me dice que uno no puede ser tan puro en la vida, que con algo hay que intoxicarse. Pero enseguida, se saca el cigarro de su boca y lo deja sobre la mesita de luz. Incómodo, le digo que no haga eso, que fume, que a mí no me molesta. Al contrario, me encanta sentir el olor del tabaco. Pero ella, con una sonrisa pícara, me contesta que mejor no, que no hay que tentar al diablo, y me guiña un ojo.

– Lo primero que voy a hacer cuando salga va a ser ir al cementerio para comprobar con mis ojos que los maté. Ahora lo único que me queda son los sueños. Hay uno que siempre recuerdo: estoy con mi abogado en la sala del juicio, él llora porque no me puede salvar y veo en un pasillo a mi mamá y a mi hermano. Me sorprendo, pero ella me ignora y va derecho al abogado y le dice: “Salvalo a Marcelo, que por algo te contraté”.

 En ese momento, un oficial de la penitenciaria se asoma por la puerta del pabellón y me dice de mala gana que la vaya cortando porque se acaba el tiempo. Recién en ese momento me doy cuenta de los ruidos que nos rodearon durante todo este rato. Del patio, presto atención por primera a los gritos de los demás reclusos y a un ritmo de una cumbia, que por su melodía me doy cuenta que es santafesina. Sin saber porque, le digo a La Marilyn  que ese tema que se escucha a lo lejos es de un conjunto musical de Santa Fe. Ella, levantándose de la silla de mimbre desvencijada, pone cara de asco y con la mano me hace entender que la cumbia no es para ella.

-. Si fuera por mí, pondría solamente a Thalía y a Shakira. Acá, entre todas las chicas… Ah, sí, porque  acá hay chicas y chongos. Y yo estoy entre las chicas…a la tarde ponemos música y bailamos. Trato de estar alegre para no pensar. Si te ponés a pensar, la cabeza te mata…

Le doy la mano. Le agradezco la amabilidad con la que me atendió y le digo que deseo que la película sobre su vida sea todo un éxito. Que uno nunca sabe y que en una de esas, hasta puede llegar a ganar un Oscar. La Marilyn se ríe a carcajadas, y me asegura que sí, que ojalá sea así. Y remata diciendo que ella nació para el estrellato.

– Quiero ser como Flor de la V… una diosa total…

Y mientras camino hacia la puerta del pabellón, La Marilyn  termina de decirme algo que me descoloca totalmente.

Me recomendaron que lea a Manuel Puig, pero todavía no lo hice. Me dijeron que escribía historias parecidas a la mía…

 

Published in: on agosto 12, 2013 at 5:52 pm  Dejar un comentario  
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