Estanque de aguas verdosas.

Yo sé que les va a parecer una estupidez. Pero nos hicimos amigos porque a los dos nos gustaba la misma compañera del colegio. Lucia. Y para empeorar las cosas, ella lo sabía. Tan segura estaba de ser el objeto de nuestros deseos, que hasta disfrutaba hacernos sufrir. Durante el recreo, la obviedad de nuestras miradas hacían, que con el esplendor de una reina, se paseara junto a Martín, el de los cachetes inflados, para gran envidia de nosotros. Sin embargo no nos dábamos por vencidos. Como Sísifo, volvíamos una y otra vez al esfuerzo inútil, agotando los pocos recursos que teníamos para conquistar su amor. Tarjetas con corazones, paquetes de gomitas masticables, mielcitas, gallinitas de colores de extraño elixir en su interior, cartas en sobres perfumados que yo le robaba a mi hermana. Incluso, un día llegamos a regalarle el mismo cassette de su cantante favorito. Sin embargo, cuando a fin de año, Lucía se mudó con su familia a Rosario sin haber demostrado jamás ningún tipo de interés por ninguno de los dos, la rivalidad fue transmutando en una gran amistad. Es cierto que nos sentimos frustrados por un amor no correspondido, no lo negaré, pero más tarde nos dimos cuenta que ella era el árbol que no dejaba ver el bosque.

A partir de entonces nos hicimos inseparables. Descubrimos con asombro que no solo teníamos el mismo nombre, sino que además, compartíamos las mismas iniciales. Entre bromas afirmábamos tener una especie de “hermandad cósmica” ya que nuestros apellidos no solo empezaban con la misma letra, sino que además compartían la doble “c”. En aquel entonces, nadie nos había explicado que esta es una característica que comparten ciertos apellidos italianos.

Las imágenes que se suceden a lo largo de la galería de recuerdos son infinitas. Partidos de futbol a toda hora, los sábados a la tarde en el cine Roma, carreras en bicicletas, chocolatadas mirando dibujos animados, el vértigo de caminar por el angosto “camino de la muerte” en el Parque del Sur, con consecuencias que hoy nos causarían risa, pero que en el aquel entonces y ante la mirada de un niño se nos revelaba como de vida o muerte.

Sin embargo, el recuerdo más persistentes hasta hoy, fueron los días de verano que pasé en el campo de sus abuelos. Durante esas jornadas compartimos nuestros juegos, con su hermano menor Bruno y un primo de la misma edad. Nuestra principal atracción consistía en trepar altos bloques de piedra que más tarde irían a parar a una extraña maquinaria de largas y filosas cuchillas que con mucho trabajo, los iba cortando y los reducía a diferentes tamaños y texturas. Como me explicaron más tarde, aquí funcionaba la fábrica de la marmolería que tenía su familia paterna en la ciudad de Santa Fe. Pero nuestra finalidad era trepar las rocas más difíciles hasta alcanzar la cima. Quien lo hacía primero, y sin ayuda de nadie, ganaba admiración, respeto y por unas horas se lo trataba de forma reverencial.

Una tarde, cuando el calor asfixiante y pegajoso, nos agobiaba incluso para trepar las piedras, decidimos cambiar los planes de juego y nos internamos en una expedición peligrosa hacia la espesura de un bosque de pinos que marcaban el final del territorio que pertenecía a la familia de mi amigo. Cuando llevábamos más de media hora de peregrinaje, descubrimos en medio de un claro, un enorme estanque de aguas de color verde esmeralda que en su superficie tenía una considerable cantidad de algas flotantes. Las paredes metálicas y oxidadas estaban recubiertas por un tapiz de musgo putrefacto y maloliente. Sin embargo para nosotros, este extraño descubrimiento nos lleno de fascinación y fuimos tejiendo las más disparatadas teorías acerca de quiénes y porque, habían creado un estanque de agua en medio de un bosque cerrado. Llegamos incluso, a fantasear dependiendo del humor que tomaban nuestras maquinaciones, que quizás en las profundidades descansaban cadáveres de personas porque seguramente aquel peligroso sitio solo era conocido por asesinos. Después nos fuimos a otro extremo y aseguramos que quizás allí, debajo de tantas algas y musgo, se encontraban portentosos tesoros. Cuando las chicharras anunciaron que la tarde estaba llegando a su fin, hicimos un pacto entre los cuatros de no revelar jamás la presencia de nuestro tan preciado descubrimiento. Hubiera lo que hubiera allí escondido, nos pertenecía.

Dos noches más tarde, cuando faltaban pocos minutos para cenar y jugábamos a las cartas en la cocina bajo el humo del espiral para matar mosquitos, Ignacio (porque para diferenciarnos a él lo llamaban el nombre y a mí con el apodo), perdió una partida de truco con su hermano. El castigo fue, el que todos de alguna forma u otra habíamos pensado. Mi amigo tenía que sumergirse por completo en las putrefactas aguas del estanque. Tal era la magnitud del castigo para mí, que nunca creí que lo llevaría a cabo.
Sin embargo, al día siguiente a la hora de la siesta, cuando por culpa del calor los adultos caen amodorrados donde encuentren cualquier ráfaga de viento, partimos hacia el estanque para cumplir la prenda. Mientras nos internábamos en el bosque, estuve tentado varias veces en decirle a mi amigo que no lo hiciera, que no valía a pena demostrarle valentía a nadie. Desconocíamos por completo las profundidades del estanque y si algo habíamos aprendido de las películas infantiles norteamericanas era que este tipo de proezas siempre terminaban mal. Más aun, no podía soportar la idea sumergirse en aguas verdosas que largaban un olor tan nauseabundo.

Sin embargo, ante la atenta mirada de su hermano, del primo y de la mía, Ignacio se sacó la remera, las zapatillas, tomó aire y con los cachetes inflados se sumergió en las oscuras aguas del estanque. Recuerdo las caras de asco que pusimos al ver como mi amigo desaparecía bajo aquella densa nata verdosa. Durante un rato, algunas burbujas ascendían a la superficie hasta que poco a poco se fueron extinguiendo. Luego sobrevino una tensa calma que fue coronada por un silencio sepulcral. Solo se escuchaba el canto monótono de las chicharras que no hacían más que agregarle dramatismo a la escena. Mientras que nosotros tres parecíamos estaqueados en la tierra y como muñecos solo atinábamos a mirar como las aguas se iban aquietando. Interiormente me reprochaba no haber sido más firme con mi amigo.
Pero al cabo de unos segundos, Ignacio emergió de las profundidades haciendo un estruendo y como si hubiera sido disparado hacia la luna. Alcance a ver en el aire como alzó los brazos y con la boca abierta trataba de buscar bocanadas de aire como si fuera un sapo. Luego se volvió a hundirse. A los pocos segundos, de nuevo en la superficie. Pero esta vez, alcanzó a gritar que se ahogaba. Y ahora sí, el pánico fue total. Intentaba convencerme de que todo era una broma. Pero cuando vi a su hermano y primo correr hacia la estancia me asusté. Me asusté mucho. Solo y como único testigo de la muerte de mi mejor amigo, no sabía qué hacer y lo único que se me ocurrió fue meterme vestido al estanque en rescate de mi amigo.

Para mi sorpresa, el agua me llegaba hasta un poco más arriba de la cintura pero en medio de la desesperación, no atine a darme cuenta de esta obviedad y traté desesperadamente de salvarle la vida a Ignacio.
Al sentir que mis manos intentaban rescatarlo, mi amigo se erguió por completo descostillándose de la risa mientras unas algas resbalaban por su cara. Tuve que esperar unos cuantos minutos para que mi corazón se calmara. Cuando minutos más tarde, su hermano llego acompañado de su padre, abuelo y tío también les costó divertirse con la broma de mi amigo.

Unos días más tarde y a poco de empezar las clases, Ignacio me contó que su papá había perdido el trabajo. Con una sonrisa, me dijo que sus padres le habían dado vuelta al asunto y que habían llegado a la conclusión que lo mejor era irse a vivir a Córdoba, con la promesa de un trabajo que les esperaba allá. Para mí, era lo mismo que me hubiera dicho que se iban a Japón. Lo único que me importaba era la sensación de vacío que sentí al imaginarme perder a mi mejor amigo. Y de alguna manera así fue. Nos vimos recién un año y medio más tarde. Me acuerdo que era una tarde lluviosa y por causa de las inundaciones de mi barrio, mi mamá me llevó hasta la casa de sus abuelos que quedaba a pocas cuadras de la mía. Cuando habían pasado pocos minutos del saludo, Ignacio fue hasta la cocina y volvió con una artesanía de porcelana que me había traído de regalo. Me dijo que la había comprado en una de las tantas ferias hippies que había en su nueva ciudad. Poco a poco fui conociendo los escenarios y actores de su nueva vida: las montañas, los lagos, el calor más soportable que el nuestro, el colegio, sus nuevos amigos, las compañeras que les gustaban y las extrañas costumbres familiares de vivir en otro lugar. Hablaba sin parar, entusiasmado, mientras yo tomaba consciencia por primera vez sobre cómo las distancias nos estaban alejando. Incluso llegue a sentir la incomodidad que caracteriza las charlas de los desconocidos. Supongo que él se habrá dado cuenta de lo que me pasaba, porque en un momento dado imitó un gracioso acento cordobés para quitarle dramatismo. Creo que el golpe final al que recurrimos para amortiguar esa extrañeza que sentíamos los dos, fue cuando sacamos a flote el recuerdo de la broma del estanque. Pero así y todo, apenas nos reímos.
Podría mentir y decir que esa fue la última vez que nos vimos. Pero no es verdad.

Los años pasaron y las distancias geográficas abrieron una brecha irreparable en nuestra amistad. Cuando a veces pasaba por la puerta de la que había sido su casa, sentía esa nostalgia del que añora momentos felices de su vida, pero nada más. Poco a poco lo fui olvidando y no tardé en hacer nuevas amistades. Cada tanto algún acontecimiento de su vida me llegaba en cuentagotas y repercutía en mí, como el reflejo de una estrella distante que expone sus últimas luces antes de extinguirse para siempre, porque ya no existe más: la marmolería de sus abuelos había cerrado, sus padres habían regresado a Santa Fe. El trabajo en Córdoba había sido un fracaso. Su padre consumido por los nervios de una vida infructuosa había muerto de un paro cardiaco. No voy a negar que la noticia de su papa no me impactara, pero también sentí que no llegaban a calarme hondo porque pertenecían a ser que ya me era un desconocido.

Sin embargo la vida siempre tiene preparado un cross que nos dá en la mandíbula cuando menos lo esperamos.

Hace dos años cuando me encontraba de visita en Santa Fe, lo volví a ver. Era un domingo al mediodía y los primeros calores de la primavera asomaban tímidamente. Me acuerdo que salía de un kiosco con una botella de gaseosa debajo del brazo mientras hacía malabares para abrir el paquete de cigarrillos con las manos. Al levantar mi cabeza, me costó reconocer en un cuerpo de adulto las facciones de aquel niño con el que había compartido mi infancia. Sin detener nuestras marchas, nos miramos por el rabillo del ojo reconociéndonos, estudiándonos, pero sin que ninguno de los dos se animase a romper el hielo. Incluso, cuando ya nos encontrábamos en una situación en la que no había margen de error, llegamos a aminorar la marcha, amagando un saludo que nunca se concretó. Me llevé rápidamente un cigarrillo a la boca y con la excusa de buscar el encendedor, agaché mi cabeza y seguí caminando. Así de cobarde fuí. Incluso, horas más tarde y con el asunto en la cabeza, traté de convencerme que también había percibido cierto alivio también en él. Triste desenlace para los dos.

Un año más tarde, me encontraba en mi departamento de Buenos Aires, ajetreado como siempre frente a la pantalla de mi computadora, con la pava y el mate a mi lado y los desesperados llamados de mis jefes solicitándome el guion para la locución. Cuando sonó el teléfono putee ante la interrupción porque faltaban escasos minutos para la entrega. Sin embargo, ese llamado fue el motivo por lo cual estoy escribiendo hoy. Del otro lado, la voz de mi madre me daba una noticia que con el tiempo se fue agigantando como las ondas de aguas agitadas.

Mi mejor amigo de la infancia, el “hermano cósmico”, aquel que se había sumergido en el estanque de aguas verdosas, había fallecido. Siguiendo las antiguas y morbosas costumbres santafesinas de fijarse las necrológicas del diario con la curiosidad de encontrar un apellido conocido, mi madre había lo había conseguido. Ese nombre era el de mi amigo. Ignacio tenía había muerto a los treinta años porque padecía leucemia. Durante todo un año estuvo internado en un sanatorio de alta complejidad en la Provincia de Buenos Aires. Pero su cuerpo cansado no había resistido los últimos tratamientos. La única persona que estaba a su lado en el momento de la muerte, había sido su novia. Según le dijo su mamá a la mía, sentía tristeza pero estaba bien porque su hijo “se había ido en paz”.

Como esa estrella distante que ha desaparecido pero que su luminosidad aun nos llega, recordé de golpe y en una fracción de segundo, todos los juegos compartidos. Incluso me acordé del miserable instante en que agaché la cabeza y le negué el saludo.
Por eso, yo sé que les va a parecer una estupidez. Pero incluso hoy, cuando algunas noches me cuesta conciliar el sueño, me quedo mirando el techo en plena oscuridad y me acuerdo aquella tarde en el estanque de aguas verdosas. Lo veo salir de la superficie como un cohete, agitando los brazos y descostillándose de la risa mientras las algas se deslizan por su cara dándole un aspecto monstruoso. Pero no tengo miedo. Y enseguida me guiña un ojo. Y yo le contesto con una sonrisa. Y antes de quedarme completamente dormido, el se me adelanta y se despide sumergiéndose nuevamente en las profundidades de aquel estanque, como si quisiera recordarme que debo quitarle dramatismo a las cosas.

Published in: on noviembre 25, 2015 at 9:16 pm  Dejar un comentario  

C’eravamo tanto amati (Nos habíamos amado tanto)


“El cine es solo un vehiculo para recordarles a los hombres su condicion humana” Manuel De Oliveira

El martes vi nuevamente “C’eravamo tanto amati” de Ettore Scola.

A groso modo dría que la historia se trata de Gianni, Antonio y Nicola, tres amigos militantes, “camaradas”, que combaten juntos contra el fascismo y a partir de ahí comienza una hermosa amistad. O eso es lo que se cree.

A través de un hecho en el presente, comienza un largo flashback en blanco y negro que nos cuenta la historia previa de estos amigos, desde que estaban juntos en un grupo subversivo hasta un acontecimiento que ocurre en el presente. Ahí vuelve el color.

Gianni (Vittorio Gassman) es un abogado ambicioso. Antonio (un magistral Nino Manfredi) es un tipo bonachón, chistoso y cariñoso. Trabaja como camillero, aunque le gustaría haber sido médico.
Y en el tercer lugar está Nicola (Stefano Satta Flores) quien es el intelectual del grupo, quien privilegia sus ideales por delante de su familia y vive angustiado por cambiar el mundo en el que le tocó vivir. Nicola es fanático del neorrealismo italiano.

Pero el elemento de conflicto en esta historia es Luciana (interpretada por la bellísima Stefania Sandrelli) de la que se enamoran los tres amigos. Pero lejos, muy lejos estamos de una cinta de enredos amorosos.

No creo estar capacitado para hacer un análisis de un film tan intenso. Tan grande.

Solo quería plasmar, que miré toda la película con una sonrisa de oreja a oreja, aunque era la tercera vez que la veía. Pero no se porque, en esta película hay dos escenas que me emocionan mucho. Y esta vez que la veía en cine, creo que me impactaron mucho más.

Una es cuando Antonio llega en la ambulancia hasta la Fontana Di Trevi a buscar a una señora que se sentía descompuesta. Pero resulta que justo en ese momento hay un gran desligue porque están filmando “La dolce vita”.
Fellini, el verdadero actuando de él mismo, se encuentra en una grúa rodando la famosa escena de Anita en el agua.

Mientras hacen silencio y observan, Antonio se encuentra al gran amor de su vida que por primera vez va a cumplir su sueño de ser actriz. Es Luciana, quien está charlando con Marcelo Mastroianni (el mismísimo Marchelo), mientras esperan ir a toma. El resto del equipo técnico y extras, caminan por las escalinatas de la Fontana, sin saber que son testigos del rodaje de una de las mejores películas de la historia del cine.

Esa simple escena, me hizo emocionar muchísimo. El cine detrás del cine.

Y la otra que también me impactó, pero en menor medida, es el momento en que Nicola está en la platea de un club escuchando a Vittorio De Sica (usando material de archivo, obviamente) contando como hizo llorar al niño de “El ladrón de bicicletas”. Quizás poniendo este fragmento resulte insulso, pero con la carga emocional que viene arrastrando la película, uno ve la cara de Nicola y se emociona.

Antes de empezar la película Juan dijo, algo como: “Estas, son el tipo de películas que hacen que uno sepa porque eligió esta profesión. El día a día de este medio es muy difícil, a veces hasta demasiado… pero cuando aparecen películas como estas, uno se da cuenta que no estaba tan equivocado en haber elegido al cine…”
Nunca estuve más de acuerdo con una persona.

Published in: on agosto 12, 2010 at 2:42 pm  Dejar un comentario  

Tiempo pa´ pensar.

Dijo la Mala Rodriguez:

-Seria mejor empezar otra vez…
-pero si ya se que no se puede…
-Vas a decirme que es imposible
pero por lo menos dejame que lo intente.
-Si, me di cuenta demasiado tarde.
-Sé, que aún podemos arreglarlo.
-Aprendi a sacarle jugo a mis defectos
y me va mejor desde que deje de odiar.

-Caminando yo en tus labios…
por la noche
por en medio de la calle estoy pensando:

-si me quieres no me falles

-soy de tierra con el agua
llego al cielo
dame tu aire y somos fuego
y deseo decirte todo lo que era cierto…

Published in: on julio 19, 2010 at 7:38 pm  Dejar un comentario  

Tocata y fuga de mil rosas

De Iliana Amarillo

Rosas, rosas me reclamaban al nacer, me reclamaban al morir. Será que son mis preferidas o me llaman al secreto y discreción. Será que el Dios del amor le regaló al Dios del silencio, la más bella y no descubre más mi ser y mis prácticas de amar. Me regalaste tantas rosas, que no sabía con cuál quedarme, porque todas en silencio, atrapaban el mío. Si al acercarme tan despacio, cada una reclamaba mil caricias y con cada palabra mía se estremecían mil pétalos; enseñándome el misterio de sus vidas. Cada una me amparaba y cuidaban mi palabra y el dolor de mil ilusiones perdidas, en un mundo tan gigante donde se nace y se muere. Cuántos poetas me habrán envidiado, de tenerlas a todas y ahora murmuran porque no hay ninguna. Si cuando el sol asomaba, toda la creación tejía mil colores y ellas jugaban enmudeciendo a todos , de tanto aroma y delicadeza. Me enseñaron mil todos, cantar a la esperanza y a mi propio corazón. Siempre despierta, luminosa, me retaban rebosantes de sueños, alejando a los poetas , porque yo era la dueña. Pero una noche de pálida luna, comenzaron a sufrir y al mirarme en cada una, a cada pétalo caído, el rocío rojo atrapó cada rosal.. Yo corría a cada una, pálida hasta los pies y el Dios del silencio se apoderó pétalo tras pétalo, de mi más amargo dolor; si el rocío ya cantaba enseñándole a la muerte en una tocata y fuga, que un amor no muere en la tumba, porque este es inmortal. Hoy salgo al jardín y no existe ningún rosal, ni tan solo una rosa que me devuelva al Dios del amor. Solo cuando deambulo en la noche temblorosa, alzando la vista al cielo, mil rocíos de aroma a rosas, caminan por todo mi rostro, para regalarme el ensueño de toda esta eternidad.

Published in: on junio 18, 2010 at 9:56 pm  Comments (1)  

El tren…

De Iliana Amarillo.

Languidecía la tarde en la gran Estación. El andén marcaba como barrera infranqueable, tierra firme de la vía que pronto sería violada por un rápido tren. Mi mirada giró y se fijó en esa persona parada, casi al borde, en un mínimo espacio de ese andén viejo y desgastado. Observé su mediana edad, de aventajada estatura, su ropa fina. Un abrigo marrón , la bufanda a tono girando en círculos asfixiantes en un cuello varonil e inerte inserto en su maciza estampa. Un maletín marrón colgaba de una mano fuerte, aferrándose a él como si colgase de un risco. Recuerdos guardados?. Seguí observando, el silencio fue total,expectante.Trataba de estudiar su actitud, penetrar y desentrañar su mente, imagino esquiva y lejana. Sus pies no se movían, hasta casi percibía que no respiraba como fría estatua mutilada. Cómo descubrir ese espíritu y mente, sensible quizás, si todo invitaba a vivir. La gente caminaba y los cuerpos estorbaban para introducirme en esa mente a esta altura para mí intranquila y atreverme a un examen crítico. Que fuerza lo invade, quitando su razón ,su vida; arrastrando obsesiones, tratando de olvidar lugares, momentos. Razones para aferrarse a ese maletín y no sentirse tambaleante y perdido. Contando quizás hojas caídas de otoños perdidos. Huellas, señales, habrá sido sabio en amores?. Me acerco, su mirada fija en un punto, en el que deseo entrar para descubrir esa estructura. Me alejo rápidamente, estremecida de desviar su atención. A la distancia, mi emoción no puedo compartirla, una voz interior culpable me hace resolver mi sentimiento de intromisión pero también quien es el culpado. De pronto un silbato que trizó el silencio impuesto, me sacude ante mis fuerzas para determinar su actitud gélida. Observo la vía, pronta a ser violada, subirá?, noto que de a poco recobra sensibilidad, posibilidad de registrar deseos, aunque de forma vaga. Reconozco que me siento compañera de equipo, sin egoísmos. Mira hacia abajo y vuelvo a confiar que subirá, existiendo para él otras posibilidades. Me equivoco, sus pies no se mueven, el tren avanza en su rutinario ritual y ya no distingo su mente, su juego, su cuerpo. Apenas distingo cuál es cuál.

Published in: on junio 14, 2010 at 4:07 pm  Dejar un comentario  

falta de tiempo

Oh, querido blog, te he abandonado…
Ya volveré, con mas tiempo y más ideas…

Published in: on junio 9, 2010 at 12:12 am  Dejar un comentario  

De Iliana Amarillo.

…cuando desaparecen las palabras y no se oye nada, que existe en ese vacío, vacío? o límites que quedan fijos o se mueven colándose en un lugar del Alma, único lugar que no hay límites. Hoy vi cuando la lluvia caía debajo de un cielo plomizo, miré el jardín y no encontré palabras, vacíos, límites ,nada. Donde se fue todo?, desapareció y sólo quedaron hojas secas que corrían y se revolcaban en un suelo húmedo, tan húmedo como lágrimas que caían con aroma a mar, tan lejano. Tiempo quizás ,mi cruel adversario, el que no te permite tantas cosas, solo pequeñas, ya no pido grandes, no existen. Caminar, una copa de vino, una mirada, una locura, una mentira o quizás una verdad. Convencerme de qué?, de tiempo para vivir. En dónde ,cómo?, como manejo las emociones, desde el día que di todo por terminado, porque no sé buscar el lugar donde encontrarte, no te conozco, por eso di por terminado ,qué, tú, yo, , en qué lugar del universo o en un fin de semana. Una dimensión en el universo ,tratando de acomodar lo que no encuentro. La ventana me dice que sigue la lluvia, lo que me ata a la realidad. Corren las gotas ,mis lágrimas o un vuelo a un cielo que en muchos sueños vi y me quiero quedar…

Published in: on mayo 30, 2010 at 8:41 pm  Comments (1)  

Los churros.

El domingo a las ocho y media de la mañana, volví a escuchar la corneta acompañado del viejo y conocido grito: “Looo churroooo”.
Como no podía creerlo, me levanté de golpe, corrí hasta la ventana de la cocina, la abrí y observé. Era la misma imagen de hace veinte años atrás. Sin saber que hacer, me quedé mirando al tipo vestido de blanco que seguía su camino en medio de las calles vacías, que por esas horas era un desierto.

Como si hubiera viajado en una maquina del tiempo, estaba nuevamente en mi infancia como todos los domingos cuando junto a mi hermano, despertábamos a mi mamá en esa hora asesina, para que salga a comprarnos churros. Así fue que mientras el hombre se alejaba, mis recuerdos se venían uno tras otro en mi cabeza.

Ese domingo también estaba nublado y frío como el de ahora, y mi hermano y yo, como dos perros muertos de hambres, estábamos parado junto al churrero viendo como ponía en una bolsa, su delicatessen. En eso estábamos, cuando de repente aparece Marcela, con la cara pálida y agitada para decirnos que el padre de Víctor acababa de morir. Nos quedamos de piedra.
A esa edad, uno no entiende muy bien el concepto de la muerte, pero si captamos que es algo de lo que no se regresa. La noticia me golpeó muchísimo. No podía entender como ese hombre que hacia dos días había estado charlando conmigo, ahora estaba en un cajón. Pero lo que más me golpeó fue la tristeza de saber que mi amigo iba a sufrir mucho.
Sin poder decir nada y sin movernos (hasta el mismo churrero) nos quedamos parados en la esquina, hasta que vimos como Víctor salía de su casa, acompañado de tíos y primos. Al contrario de lo que me podía esperar, mi amigo nos miró con una amplia sonrisa y nos movió la mano en señal de saludo. Como yo me esperaba una tragedia griega, no supe como reaccionar. Lo saludé con un falso gesto, pero en el fondo trataba de decirle que lo sentía mucho. Este fue el recuerdo que se me vino esta mañana al ver al churrero.

Cuando estaba cerrando la ventana, me puse a pensar en la cantidad de puteadas que habrá recibido el hombre, a lo largo de veinte décadas despertando a los santafesinos. Pero de la misma forma que uno sortea las hijaputeadas que a veces tiene la vida, él churrero continúa pedaleando su destartalada bicicleta, con el delantal blanco, la corneta y el grito de:loooo churrooooo…. sin que le tiemble la voz.

Published in: on mayo 18, 2010 at 12:53 am  Comments (1)  

Námaste.

Cada vez que una palabra me persigue, me intriga y asusta. Se me  acopla como el pájaro carpintero de una conocida publicidad. Intentaré dar una explicación lo menos “palermiana” posible,  aunque creo que será una misión imposible. Uno, porque vivo en Palermo. Dos, porque donde quiera que me mueva por este vasto territorio, quedo impregnado de olor a pizza con rúcula y filosofía oriental chick.

Hace unos días,  vi en el MSN un nick que decía “”NAMASTE”. El terminó me llamó la atención, aunque no le dí mucha importancia. Intenté leerla de atrás para adelante para descifrar algún significado oculto, quizás de alguna logia masónica, pero no encontré ninguna revelación interesante. Mi instinto detectivesco anda todavía por  niveles muy básicos.

Días más tarde, fui a una clase de yoga (en Palermo, of course)  y luego de una dolorosa clase de estiramiento corporal, la profesora (¿se dirá así, en términos…digamos.. yoguisticos?) terminó la sesión con un “Namaste”. ¡Pum!… ahí estaba de nuevo.

Hay quienes afirman que las casualidades no existen, por eso ayer cuando iba en el colectivo y volví a ver “Namaste” en forma de graffiti, decidí que ya era el momento de saber que significaba aquella palabra que no me dejaba en paz. Algo me quería decir.

Wikipedia dice que Námaste es una expresión de saludo, originaria del sur de India. Que se usa tanto como el hola y el adiós del idioma español. Que en sánscrito significa “te reverencio a ti”. Que para llevar a cabo este saludo, el mortal debe  juntar las palmas de las manos y  los dedos apuntando hacia arriba, en posición de oración. Normalmente se acompaña por una inclinación ligera de la cabeza, hecha con las palmas abiertas y unidas entre sí, ante el pecho. En India, el gesto se acompaña a veces con la palabra námaste.

También descubrí por esas cosas “locas” que tiene el Google, que Námaste es el nombre de un episodio de la quinta temporada de la serie (ahora una gran decepción) LOST.

Este término fue variando a lo largo de su recorrido desde Oriente hasta el barrio de Palermo en diferentes significados:

  • “Su espíritu y mi espíritu son uno”.

  • “Lo que es de lo divino en mí saluda a lo que es de lo Divino en ti.”

  • “La divinidad dentro de mí percibe y adora a la divinidad dentro de ti.”

  • “Todo lo que es mejor y más alto en mí saluda / saluda a todo lo que es mejor y más alto en ti”.

  • “Saludo a Dios dentro de ti”.

Realmente es patético comenzar un blog con una nota tan insignificante como esta. Ya vendrán tiempos mejores… mientras tanto… ¡Námaste! para todos…


Published in: on abril 21, 2010 at 3:40 pm  Comments (1)