Estanque de aguas verdosas.

Yo sé que les va a parecer una estupidez. Pero nos hicimos amigos porque a los dos nos gustaba la misma compañera del colegio. Lucia. Y para empeorar las cosas, ella lo sabía. Tan segura estaba de ser el objeto de nuestros deseos, que hasta disfrutaba hacernos sufrir. Durante el recreo, la obviedad de nuestras miradas hacían, que con el esplendor de una reina, se paseara junto a Martín, el de los cachetes inflados, para gran envidia de nosotros. Sin embargo no nos dábamos por vencidos. Como Sísifo, volvíamos una y otra vez al esfuerzo inútil, agotando los pocos recursos que teníamos para conquistar su amor. Tarjetas con corazones, paquetes de gomitas masticables, mielcitas, gallinitas de colores de extraño elixir en su interior, cartas en sobres perfumados que yo le robaba a mi hermana. Incluso, un día llegamos a regalarle el mismo cassette de su cantante favorito. Sin embargo, cuando a fin de año, Lucía se mudó con su familia a Rosario sin haber demostrado jamás ningún tipo de interés por ninguno de los dos, la rivalidad fue transmutando en una gran amistad. Es cierto que nos sentimos frustrados por un amor no correspondido, no lo negaré, pero más tarde nos dimos cuenta que ella era el árbol que no dejaba ver el bosque.

A partir de entonces nos hicimos inseparables. Descubrimos con asombro que no solo teníamos el mismo nombre, sino que además, compartíamos las mismas iniciales. Entre bromas afirmábamos tener una especie de “hermandad cósmica” ya que nuestros apellidos no solo empezaban con la misma letra, sino que además compartían la doble “c”. En aquel entonces, nadie nos había explicado que esta es una característica que comparten ciertos apellidos italianos.

Las imágenes que se suceden a lo largo de la galería de recuerdos son infinitas. Partidos de futbol a toda hora, los sábados a la tarde en el cine Roma, carreras en bicicletas, chocolatadas mirando dibujos animados, el vértigo de caminar por el angosto “camino de la muerte” en el Parque del Sur, con consecuencias que hoy nos causarían risa, pero que en el aquel entonces y ante la mirada de un niño se nos revelaba como de vida o muerte.

Sin embargo, el recuerdo más persistentes hasta hoy, fueron los días de verano que pasé en el campo de sus abuelos. Durante esas jornadas compartimos nuestros juegos, con su hermano menor Bruno y un primo de la misma edad. Nuestra principal atracción consistía en trepar altos bloques de piedra que más tarde irían a parar a una extraña maquinaria de largas y filosas cuchillas que con mucho trabajo, los iba cortando y los reducía a diferentes tamaños y texturas. Como me explicaron más tarde, aquí funcionaba la fábrica de la marmolería que tenía su familia paterna en la ciudad de Santa Fe. Pero nuestra finalidad era trepar las rocas más difíciles hasta alcanzar la cima. Quien lo hacía primero, y sin ayuda de nadie, ganaba admiración, respeto y por unas horas se lo trataba de forma reverencial.

Una tarde, cuando el calor asfixiante y pegajoso, nos agobiaba incluso para trepar las piedras, decidimos cambiar los planes de juego y nos internamos en una expedición peligrosa hacia la espesura de un bosque de pinos que marcaban el final del territorio que pertenecía a la familia de mi amigo. Cuando llevábamos más de media hora de peregrinaje, descubrimos en medio de un claro, un enorme estanque de aguas de color verde esmeralda que en su superficie tenía una considerable cantidad de algas flotantes. Las paredes metálicas y oxidadas estaban recubiertas por un tapiz de musgo putrefacto y maloliente. Sin embargo para nosotros, este extraño descubrimiento nos lleno de fascinación y fuimos tejiendo las más disparatadas teorías acerca de quiénes y porque, habían creado un estanque de agua en medio de un bosque cerrado. Llegamos incluso, a fantasear dependiendo del humor que tomaban nuestras maquinaciones, que quizás en las profundidades descansaban cadáveres de personas porque seguramente aquel peligroso sitio solo era conocido por asesinos. Después nos fuimos a otro extremo y aseguramos que quizás allí, debajo de tantas algas y musgo, se encontraban portentosos tesoros. Cuando las chicharras anunciaron que la tarde estaba llegando a su fin, hicimos un pacto entre los cuatros de no revelar jamás la presencia de nuestro tan preciado descubrimiento. Hubiera lo que hubiera allí escondido, nos pertenecía.

Dos noches más tarde, cuando faltaban pocos minutos para cenar y jugábamos a las cartas en la cocina bajo el humo del espiral para matar mosquitos, Ignacio (porque para diferenciarnos a él lo llamaban el nombre y a mí con el apodo), perdió una partida de truco con su hermano. El castigo fue, el que todos de alguna forma u otra habíamos pensado. Mi amigo tenía que sumergirse por completo en las putrefactas aguas del estanque. Tal era la magnitud del castigo para mí, que nunca creí que lo llevaría a cabo.
Sin embargo, al día siguiente a la hora de la siesta, cuando por culpa del calor los adultos caen amodorrados donde encuentren cualquier ráfaga de viento, partimos hacia el estanque para cumplir la prenda. Mientras nos internábamos en el bosque, estuve tentado varias veces en decirle a mi amigo que no lo hiciera, que no valía a pena demostrarle valentía a nadie. Desconocíamos por completo las profundidades del estanque y si algo habíamos aprendido de las películas infantiles norteamericanas era que este tipo de proezas siempre terminaban mal. Más aun, no podía soportar la idea sumergirse en aguas verdosas que largaban un olor tan nauseabundo.

Sin embargo, ante la atenta mirada de su hermano, del primo y de la mía, Ignacio se sacó la remera, las zapatillas, tomó aire y con los cachetes inflados se sumergió en las oscuras aguas del estanque. Recuerdo las caras de asco que pusimos al ver como mi amigo desaparecía bajo aquella densa nata verdosa. Durante un rato, algunas burbujas ascendían a la superficie hasta que poco a poco se fueron extinguiendo. Luego sobrevino una tensa calma que fue coronada por un silencio sepulcral. Solo se escuchaba el canto monótono de las chicharras que no hacían más que agregarle dramatismo a la escena. Mientras que nosotros tres parecíamos estaqueados en la tierra y como muñecos solo atinábamos a mirar como las aguas se iban aquietando. Interiormente me reprochaba no haber sido más firme con mi amigo.
Pero al cabo de unos segundos, Ignacio emergió de las profundidades haciendo un estruendo y como si hubiera sido disparado hacia la luna. Alcance a ver en el aire como alzó los brazos y con la boca abierta trataba de buscar bocanadas de aire como si fuera un sapo. Luego se volvió a hundirse. A los pocos segundos, de nuevo en la superficie. Pero esta vez, alcanzó a gritar que se ahogaba. Y ahora sí, el pánico fue total. Intentaba convencerme de que todo era una broma. Pero cuando vi a su hermano y primo correr hacia la estancia me asusté. Me asusté mucho. Solo y como único testigo de la muerte de mi mejor amigo, no sabía qué hacer y lo único que se me ocurrió fue meterme vestido al estanque en rescate de mi amigo.

Para mi sorpresa, el agua me llegaba hasta un poco más arriba de la cintura pero en medio de la desesperación, no atine a darme cuenta de esta obviedad y traté desesperadamente de salvarle la vida a Ignacio.
Al sentir que mis manos intentaban rescatarlo, mi amigo se erguió por completo descostillándose de la risa mientras unas algas resbalaban por su cara. Tuve que esperar unos cuantos minutos para que mi corazón se calmara. Cuando minutos más tarde, su hermano llego acompañado de su padre, abuelo y tío también les costó divertirse con la broma de mi amigo.

Unos días más tarde y a poco de empezar las clases, Ignacio me contó que su papá había perdido el trabajo. Con una sonrisa, me dijo que sus padres le habían dado vuelta al asunto y que habían llegado a la conclusión que lo mejor era irse a vivir a Córdoba, con la promesa de un trabajo que les esperaba allá. Para mí, era lo mismo que me hubiera dicho que se iban a Japón. Lo único que me importaba era la sensación de vacío que sentí al imaginarme perder a mi mejor amigo. Y de alguna manera así fue. Nos vimos recién un año y medio más tarde. Me acuerdo que era una tarde lluviosa y por causa de las inundaciones de mi barrio, mi mamá me llevó hasta la casa de sus abuelos que quedaba a pocas cuadras de la mía. Cuando habían pasado pocos minutos del saludo, Ignacio fue hasta la cocina y volvió con una artesanía de porcelana que me había traído de regalo. Me dijo que la había comprado en una de las tantas ferias hippies que había en su nueva ciudad. Poco a poco fui conociendo los escenarios y actores de su nueva vida: las montañas, los lagos, el calor más soportable que el nuestro, el colegio, sus nuevos amigos, las compañeras que les gustaban y las extrañas costumbres familiares de vivir en otro lugar. Hablaba sin parar, entusiasmado, mientras yo tomaba consciencia por primera vez sobre cómo las distancias nos estaban alejando. Incluso llegue a sentir la incomodidad que caracteriza las charlas de los desconocidos. Supongo que él se habrá dado cuenta de lo que me pasaba, porque en un momento dado imitó un gracioso acento cordobés para quitarle dramatismo. Creo que el golpe final al que recurrimos para amortiguar esa extrañeza que sentíamos los dos, fue cuando sacamos a flote el recuerdo de la broma del estanque. Pero así y todo, apenas nos reímos.
Podría mentir y decir que esa fue la última vez que nos vimos. Pero no es verdad.

Los años pasaron y las distancias geográficas abrieron una brecha irreparable en nuestra amistad. Cuando a veces pasaba por la puerta de la que había sido su casa, sentía esa nostalgia del que añora momentos felices de su vida, pero nada más. Poco a poco lo fui olvidando y no tardé en hacer nuevas amistades. Cada tanto algún acontecimiento de su vida me llegaba en cuentagotas y repercutía en mí, como el reflejo de una estrella distante que expone sus últimas luces antes de extinguirse para siempre, porque ya no existe más: la marmolería de sus abuelos había cerrado, sus padres habían regresado a Santa Fe. El trabajo en Córdoba había sido un fracaso. Su padre consumido por los nervios de una vida infructuosa había muerto de un paro cardiaco. No voy a negar que la noticia de su papa no me impactara, pero también sentí que no llegaban a calarme hondo porque pertenecían a ser que ya me era un desconocido.

Sin embargo la vida siempre tiene preparado un cross que nos dá en la mandíbula cuando menos lo esperamos.

Hace dos años cuando me encontraba de visita en Santa Fe, lo volví a ver. Era un domingo al mediodía y los primeros calores de la primavera asomaban tímidamente. Me acuerdo que salía de un kiosco con una botella de gaseosa debajo del brazo mientras hacía malabares para abrir el paquete de cigarrillos con las manos. Al levantar mi cabeza, me costó reconocer en un cuerpo de adulto las facciones de aquel niño con el que había compartido mi infancia. Sin detener nuestras marchas, nos miramos por el rabillo del ojo reconociéndonos, estudiándonos, pero sin que ninguno de los dos se animase a romper el hielo. Incluso, cuando ya nos encontrábamos en una situación en la que no había margen de error, llegamos a aminorar la marcha, amagando un saludo que nunca se concretó. Me llevé rápidamente un cigarrillo a la boca y con la excusa de buscar el encendedor, agaché mi cabeza y seguí caminando. Así de cobarde fuí. Incluso, horas más tarde y con el asunto en la cabeza, traté de convencerme que también había percibido cierto alivio también en él. Triste desenlace para los dos.

Un año más tarde, me encontraba en mi departamento de Buenos Aires, ajetreado como siempre frente a la pantalla de mi computadora, con la pava y el mate a mi lado y los desesperados llamados de mis jefes solicitándome el guion para la locución. Cuando sonó el teléfono putee ante la interrupción porque faltaban escasos minutos para la entrega. Sin embargo, ese llamado fue el motivo por lo cual estoy escribiendo hoy. Del otro lado, la voz de mi madre me daba una noticia que con el tiempo se fue agigantando como las ondas de aguas agitadas.

Mi mejor amigo de la infancia, el “hermano cósmico”, aquel que se había sumergido en el estanque de aguas verdosas, había fallecido. Siguiendo las antiguas y morbosas costumbres santafesinas de fijarse las necrológicas del diario con la curiosidad de encontrar un apellido conocido, mi madre había lo había conseguido. Ese nombre era el de mi amigo. Ignacio tenía había muerto a los treinta años porque padecía leucemia. Durante todo un año estuvo internado en un sanatorio de alta complejidad en la Provincia de Buenos Aires. Pero su cuerpo cansado no había resistido los últimos tratamientos. La única persona que estaba a su lado en el momento de la muerte, había sido su novia. Según le dijo su mamá a la mía, sentía tristeza pero estaba bien porque su hijo “se había ido en paz”.

Como esa estrella distante que ha desaparecido pero que su luminosidad aun nos llega, recordé de golpe y en una fracción de segundo, todos los juegos compartidos. Incluso me acordé del miserable instante en que agaché la cabeza y le negué el saludo.
Por eso, yo sé que les va a parecer una estupidez. Pero incluso hoy, cuando algunas noches me cuesta conciliar el sueño, me quedo mirando el techo en plena oscuridad y me acuerdo aquella tarde en el estanque de aguas verdosas. Lo veo salir de la superficie como un cohete, agitando los brazos y descostillándose de la risa mientras las algas se deslizan por su cara dándole un aspecto monstruoso. Pero no tengo miedo. Y enseguida me guiña un ojo. Y yo le contesto con una sonrisa. Y antes de quedarme completamente dormido, el se me adelanta y se despide sumergiéndose nuevamente en las profundidades de aquel estanque, como si quisiera recordarme que debo quitarle dramatismo a las cosas.

Published in: on noviembre 25, 2015 at 9:16 pm  Dejar un comentario