Las brasas de la tierra.

Hace calor aquí -dije.
-Sí, y esto no es nada- me contestó el otro.
Cálmese.Ya lo sentirá más fuerte cuando lleguemos a Comala. Aquello está sobre las brasas de la tierra, en la mera boca del infierno. Con decirle que muchos de los que allí se mueren, al llegar al infierno regresan por su cobija.

Pedro Paramo- Juan Rulfo.

Nunca falla. Para estas fechas se repite hasta el infinito, la monotonía de las compras navideñas. Ritmo y tiempo, tiempo y ritmo van siempre acompasados por el calor. El verdadero protagonista de estas fechas… es él quien dirige la batuta.


La peatonal se llena de una procesión de muertos vivientes. Te ven venir de frente y no se corren, pasan al lado tuyo y te golpean con bolsos, bolsitas, carteras. También hay que esquivar taxis, remises, bicicletas, motos. Acostumbrarse el silbato de las naranjitas y los zorros. Pero cuando finalmente uno cree haber entrado en ese ritmo acompasado, no hay quien se frene de golpe para mirar una vidriera e inevitablemente se termina chocando y pidiendo disculpas hasta la cuadra siguiente, cuando tampoco se evitará un segundo encuentro repentino con alguien. En las compras navideñas, el ritmo siempre es ajeno… siempre.

Ritmo y tiempo es un lenguaje universal, de eso no hay dudas, pero en ciudades como Santa Fe, se distorsionan a causa del calor. Y aquí no hablo de mariconadas…estamos hablando del calor verdadero. Aquel calor que no deja respirar, porque combinado con la humedad le adormece a uno el cerebro y es ahí cuando se pasa a ser un muerto viviente más, que va de compras a la peatonal y que choca a las otras personas con los bolsos, y que se frena de golpe para mirar una vidriera; porque ya no te importa el prójimo que es pegajoso y molesto. Solo querés volverte a tu casa cuanto antes y rogas para encontrar un taxi vacío y es entonces que pasas por la puerta de un local y como la llamada de un ángel, sentís el aire frío y sin pensarlo te desesperas por entrar aunque no vayas a comprar nada.
Pero con el solo hecho de ingresar, sentís como si te hubiesen permitido pasar cinco minutos al paraíso y por fin dejar atrás las brasas de la tierra, la mera boca del infierno.

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Published in: on diciembre 22, 2010 at 8:18 pm  Dejar un comentario  

El diablo y Ricardo Fort.

Uno lee el titulo y podría relacionarlo con algo cómico. Pero no lo es.

Mi hermano me cuenta, que hoy en el Hospital de Niños atendió a un chico de 11 años que dice haber visto al diablo. El joven postrado en una cama, mira a un punto fijo, casi sin pestañar y babea.

El chico, está fuertemente medicado. El padre, desesperado, le cuenta a mi hermano la experiencia. Comida familiar, el chico empieza a decir que ve muchos espíritus en la casa, a un tío muerto y que alguien quiere matar su abuela. Cambia su voz, se pone más aguda. Su padre intenta calmarlo, lo sujeta de los brazos. El pequeño se agita y con voz gruesa, le dice que no es su hijo. Empieza a los gritos.

Mientras me cuenta esto, en la TV pasan un resumen del programa de Fantino. Nos quedamos callados. Demasiada coincidencia. El invitado es un sacerdote exorcista. Pasan imágenes de un exorcismo en Córdoba. Una chica grita poseída.

De repente, el iluminado de Coco Sily le pregunta al sacerdote: “Mucha gente dice que Ricardo Fort saca lo peor de todos los seres humanos. Que sus actitudes hacen que la gente se enoje. Padre, ¿podría Ricardo Fort tener algo de diablo?”

Juro que la pregunta es seria. Por lo menos, Coco no se ríe. El sacerdote contesta: “Así es… así es…”
No sé como terminar la nota. Podría poner algo cómico como: “¿Tan bajo cayó el diablo?”. Pero pienso en el paciente de mi hermano y no me da nada de risa.

Published in: on diciembre 1, 2010 at 7:25 pm  Dejar un comentario  

Fragmentos de un asado.

Quedamos en llegar a las 10. Pero a las 10,30 fuimos con Andrea a buscar el auto. Vamos parando por Boulevard. Se suma Emmanuel y Julia. Llegamos a las 11.

Julián dice por mensaje de texto que compremos elementos vegetales para hacer ensaladas. También algunas gaseosas… y el típico vinito. Ya hay carne y el carbón.

Paramos al costado de la ruta. Compramos los vegetales, 3 botellas de coca cola y un vino tinto.

Llegamos a Colastiné. Mientras Emmanuel se pone a hacer el fuego, tomamos mates, fumamos, charlamos.

A los pocos minutos, se viene la picada.
Morcilla fría con pan, coca cola con hielo.

Llega el último integrante. Cuenta las experiencias de un casamiento desesperante.

Se viene el asado. Riquísimo, crocante. Ensaladas varias. Descorche del tinto.

Después de comer desaforadamente, la modorra. Y los efectos del tinto.
Estiramos los pies, algunos se tiran al suelo. Calor de siesta. Quietud santafesina.

Poco a poco nos vamos arrastrando al césped. Mojarse con lo que haya. El calor no perdona.

Los rayos del sol comienzan a descender. Arranca el tereré, tirados en un sofá sobre el pasto.

El regreso. El sol anaranjado de frente. La cara colorada y caliente. El embotellamiento. La gente caminando por la costanera.
El vaso de agua invertido en la cabeza, los globitos, la insolación y la ducha.

Refrescarse y tirarse en calzoncillos con el ventilador al máximo. Y sonreir.

Published in: on diciembre 1, 2010 at 6:48 pm  Dejar un comentario