Todo sobre Mad Men.

Por Luci Porchietto.

Mad Men me gusta desde el primer capítulo. Sé que no a todos les sucede lo mismo. Al principio el ritmo de la serie es lento, moroso, arbitrario (aburrido, incluso, dicen algunos). Luego, con el correr de las temporadas la lógica se va acelerando y va quedando atrás esa especie de borrachera de Campari a la tardecita que es la serie en sus primeros episodios.


Don Draper, en cambio, demoró en convertirse un héroe para mí. Primero la quise a Peggy, después a la señorita Holloway, y mucho más tarde al pobre Don. Él se las arregla para no llamar la atención, ni siquiera a los espectadores. No es fácil ser un héroe tan oscuro. No quedan dudas: es su propia silueta la que cae entre los carteles rutilantes de Nueva York en los títulos: una mujer gigante y hermosa parece sostenerlo con su pie. Nunca sucede. Don Draper no deja de caer –o volar– entre la mampostería de una ciudad nueva.

Porque Mad Men es viejo y nuevo a la vez. Es, en realidad, el germen de lo nuevo: los hombres que están en el lugar justo en el momento indicado. Son publicistas, es Nueva York y empiezan los sesentas. Es estar en el punto preciso donde algo está gestándose. Es gestarlo, incluso. Entre tanto tufillo de novedad se respira un aire un poco inocente, casi pueril. Porque no hay novedad que no suene algo desmesurada con el correr del tiempo. Las publicidades de Starling Cooper, el corto que dirigió Salvattore (pobre de él, nunca tuvo aire), las modas, todo eso, nos causa algo de ternura. Pero no hay más: lo que sigue a ese gesto paternalista que sólo podemos esgrimir porque han pasado cincuenta años, es sólo dolor. El dolor de saber de dónde venimos.


Ahora, en Mad men no sólo hay hombres, sino mujeres. Cuesta un poco adaptarse a ver la naturalidad con la que el maltrato sucede en los primeros capítulos. Las cosas han cambiado, no lo suficiente, pero sí para que nos resulte increíble (nunca inverosímil) el modo en el que tratan a Peggy el día de sus inicios como secretaria, o la manera en que Draper se dirige a su mujer, o cómo los vecinos del barrio acogen a la única divorciada a la vista. Claro que como en toda buena historia los quiebres no dejan de encontrar intersticios, y ahí aparece Peggy, la primera heroína, defendiendo a capa y espada su lugar, ganándoselo antes, haciendo méritos y dejando todo en el camino para llegar a tener oficina incluso en medio de la misoginia. Y está la amante bohemia de Don, que lo lleva a recitales de poesía y le hace ver que el mundo es vasto e impredecible. Y está Holloway, con sus tetas enormes, ganándose el mundo sin más armas que su feminidad. Poder ver todo ese proceso, el modo de habitar ese mundo de hombres que encuentran las mujeres, incluso la odiosa Betty Draper, es impagable.

El día que vi el último capítulo de la cuarta temporada de Mad Men (todavía no lo pude borrar de mi disco rígido: es un tesoro, y no exagero) después soñé mi propio fin de temporada. En el sueño Don Draper, callado, con esos ojos vidriosos de tanto alcohol, intentaba decirme algo. Igual que el Draper de verdad (el de la serie, digo, porque para mí es real) a pesar de estar callado me transmitía algo urgente con sus gestos. “Hay que salir corriendo” dijo, al fin, con un hilo de voz: “Viene una tormenta, hay que salvarse. Después, todo mejora”. Yo, en el sueño, le hacía caso, ¿cómo desoír un consejo de Don Draper, si él ve todo incluso antes de que ocurra? Salí corriendo. Soñé con Draper, soñé conmigo. Tarde, es verdad, el héroe era parte de mi percepción, mi experiencia y mi mundo. Entró de a poco, de a gotitas, y ese tiempo lento, moroso, paciente, fue el que hizo que la serie se tornara tan verdadera.


Mad Men es la historia de muchos personajes enormes, descomunales, adorables y preciosos pero es sobre todo la invención de ese tiempo único en el que las cosas suceden justo cuando deben suceder y 1960 es, de un modo extraño pero indiscutible, la forma más precisa de la nuestra contemporaneidad.

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Published in: on noviembre 26, 2010 at 2:09 pm  Dejar un comentario  

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