De Iliana Amarillo.

…cuando desaparecen las palabras y no se oye nada, que existe en ese vacío, vacío? o límites que quedan fijos o se mueven colándose en un lugar del Alma, único lugar que no hay límites. Hoy vi cuando la lluvia caía debajo de un cielo plomizo, miré el jardín y no encontré palabras, vacíos, límites ,nada. Donde se fue todo?, desapareció y sólo quedaron hojas secas que corrían y se revolcaban en un suelo húmedo, tan húmedo como lágrimas que caían con aroma a mar, tan lejano. Tiempo quizás ,mi cruel adversario, el que no te permite tantas cosas, solo pequeñas, ya no pido grandes, no existen. Caminar, una copa de vino, una mirada, una locura, una mentira o quizás una verdad. Convencerme de qué?, de tiempo para vivir. En dónde ,cómo?, como manejo las emociones, desde el día que di todo por terminado, porque no sé buscar el lugar donde encontrarte, no te conozco, por eso di por terminado ,qué, tú, yo, , en qué lugar del universo o en un fin de semana. Una dimensión en el universo ,tratando de acomodar lo que no encuentro. La ventana me dice que sigue la lluvia, lo que me ata a la realidad. Corren las gotas ,mis lágrimas o un vuelo a un cielo que en muchos sueños vi y me quiero quedar…

Published in: on mayo 30, 2010 at 8:41 pm  Comments (1)  

Los churros.

El domingo a las ocho y media de la mañana, volví a escuchar la corneta acompañado del viejo y conocido grito: “Looo churroooo”.
Como no podía creerlo, me levanté de golpe, corrí hasta la ventana de la cocina, la abrí y observé. Era la misma imagen de hace veinte años atrás. Sin saber que hacer, me quedé mirando al tipo vestido de blanco que seguía su camino en medio de las calles vacías, que por esas horas era un desierto.

Como si hubiera viajado en una maquina del tiempo, estaba nuevamente en mi infancia como todos los domingos cuando junto a mi hermano, despertábamos a mi mamá en esa hora asesina, para que salga a comprarnos churros. Así fue que mientras el hombre se alejaba, mis recuerdos se venían uno tras otro en mi cabeza.

Ese domingo también estaba nublado y frío como el de ahora, y mi hermano y yo, como dos perros muertos de hambres, estábamos parado junto al churrero viendo como ponía en una bolsa, su delicatessen. En eso estábamos, cuando de repente aparece Marcela, con la cara pálida y agitada para decirnos que el padre de Víctor acababa de morir. Nos quedamos de piedra.
A esa edad, uno no entiende muy bien el concepto de la muerte, pero si captamos que es algo de lo que no se regresa. La noticia me golpeó muchísimo. No podía entender como ese hombre que hacia dos días había estado charlando conmigo, ahora estaba en un cajón. Pero lo que más me golpeó fue la tristeza de saber que mi amigo iba a sufrir mucho.
Sin poder decir nada y sin movernos (hasta el mismo churrero) nos quedamos parados en la esquina, hasta que vimos como Víctor salía de su casa, acompañado de tíos y primos. Al contrario de lo que me podía esperar, mi amigo nos miró con una amplia sonrisa y nos movió la mano en señal de saludo. Como yo me esperaba una tragedia griega, no supe como reaccionar. Lo saludé con un falso gesto, pero en el fondo trataba de decirle que lo sentía mucho. Este fue el recuerdo que se me vino esta mañana al ver al churrero.

Cuando estaba cerrando la ventana, me puse a pensar en la cantidad de puteadas que habrá recibido el hombre, a lo largo de veinte décadas despertando a los santafesinos. Pero de la misma forma que uno sortea las hijaputeadas que a veces tiene la vida, él churrero continúa pedaleando su destartalada bicicleta, con el delantal blanco, la corneta y el grito de:loooo churrooooo…. sin que le tiemble la voz.

Published in: on mayo 18, 2010 at 12:53 am  Comments (1)  

Ruido, ruido, ruido…


No soporto más el ruido de esta ciudad. Sinceramente, ya no lo soporto más.
Tengo ganas de irme a vivir al campo, ser un Ingalls más, pero el ruido de la ciudad de Buenos Aires ya ha sobrepasado (hace tiempo) sus límites.

Anoche, luego de escribir hasta la madrugada me fui a acostar. A las pocas horas, me desperté por el ensordecedor ruido de un camión mezcladora y una incesante catarata de bocinazos. Hoy dije ¡BASTA!.

Siempre tuve la idea de salir con huevos al balcón y empezar a los huevazos a cada conductor que toque bocina. Reconozco que la idea es media pelotuda y cagona, pero no se me ocurre otra forma de devolverle la ira con la que tocan bocina.

Hace cinco minutos estaba ojeando el libro La Resistencia de Sábato y me encontré con este párrafo:

“¿Cómo hace el humano para soportar el aumento de decibeles en que vive? Las experiencia con animales han demostrado que el alto volumen les daña la memoria primero, luego los enloquece y finalmente los mata. Debo ser como ellos porque hace tiempo que ando por la calle con tapones para los oídos…”

Published in: on mayo 13, 2010 at 1:36 am  Dejar un comentario  

Amo los mundiales.

Amo los mundiales. Así, lisa y llanamente, me encantan los mundiales. Exactamente hoy, faltan 29 días para que empiece el de Sudáfrica 2010 y ya estoy ansioso como un chico. Esta ansiedad sin sentido, es algo que me viene pasando desde mis primeras experiencias “mundialisticas”.No veo las horas de que empiecen.

El que más me acuerdo es del mundial ITALIA 90. ¿Cómo olvidar ese mundial? Más allá de la musiquita y de la final perdida, recuerdo que un mes antes, yo y mis compañeros del barrio nos intercambiábamos figuritas para el álbum.
¿Tenés la de Cannigia?…”
“late” o
“¿Tenés la de Valdano?”
“Nola… Alfredo late”.

Es como si hubiera sido ayer, cuando llené el álbum. Estaba en la casa de mis abuelos maternos en el barrio Villa María Selva, sentado con una plasticola en la mano pegando las últimas que me faltaban.
Luego, venía la competencia con mi hermano por quien dibujaba mejor el logo del mundial. El de Italia era una especie de hombrecito formado por cuadrados y coloreados con el verde, blanco y rojo.
Cuando perdimos el primer partido contra Camerún, mi ánimo derrotista me llevó a decir que no teníamos chances. Que éramos una mierda. Y ahí apareció mi hermana, diciéndome que todavía faltaba mucho, que la esperanza es lo último que se pierde. Toda una lección de vida por un partido, pero así es el fútbol.

Pasaron los años y la ansiedad por la inminencia de un mundial continúo allí. Era el turno de Estados Unidos 94.
Me sabía de memoria la formación del equipo argentino, los rivales, en que ciudades se jugaba, etc.
Tiempo después, una madrugada, Marcela nos despertaba para decirnos asombrada que a Maradona le había dado positivo el control antidoping. Recuerdo que me levanté de la cama como un resorte (algo que no había podido lograr mi vieja durante todo mi periodo escolar) y me pegué al televisor. Veía a un Maradona llorando, diciendo que le habían cortado las piernas, mientras en Canal 9 mostraban a un grupo de adolescentes manifestándose frente a la AFA ( a las siete de la mañana). Todos lloraban y reclamaban por su ídolo futbolístico. Imágenes que por más insignificantes que sean, a uno se le quedan grabadas.

El tiempo volvió a pasar y uno ha de suponer que con la edad, viene la experiencia y con la experiencia la madurez. Ninguna de ellas hizo efecto en mí.

Para COREA/ JAPON 2002, me encontraba en Barcelona. Un mes antes, fui a una tienda pakistaní y me compré la camiseta de la selección con el nombre de Batistuta en la espalda. Era como estar en territorio enemigo y en actitud de kamikaze, desafiar al dueño de casa. No me sacaba la camiseta ni para bañarme. Y lo peor de todo, es que iba caminando por las calles del barrio gótico y los catalanes me gritaban que seríamos campeones del mundo. Que decepción. Como olvidarla.

A las seis de la mañana, poníamos los despertadores y nos juntábamos con los compatriotas en un bar a mirar los partidos. Aunque sea por noventa minutos, nos sentíamos en Argentina con mate y puteadas gauchescas. “Verón y la c… de tu madre” … nada de gilipollas.

Cuando quedamos eliminados en primera ronda, fue un golpe durísimo. Esa mañana volvimos en el metro con Martín y Carolina, dos amigos bailadores de tango y creo que nuestras caras destilaban tal grado de tristeza y bronca, que nadie se animaba a gastarnos cuando nos vieron subir con las camisetas argentinas. “Pobres argentinos… primero la crisis y ahora esto” era el sentimiento general en España por aquellas horas.

Permítanme hacer un paréntesis en estas líneas, y decirles que detesto a las personas que dicen que el fútbol son veintidós hombres corriendo detrás de una pelota. Siento pena que no puedan sentir nada más. El Negro Dolina lo dijo claro: “Decir eso, es lo mismo que decir que las obras de Shakespeare son solo papel y tinta”

Para el último mundial, ALEMANIA 2006, la noche anterior dormí mal. Dormí como el culo, ya que a cada rato me despertaba pensando que faltaban horas para que empiece el campeonato. Recuerdo las juntadas en mi casa, con mates y facturas donde Aníbal con su gorro arlequín preparaba su altar al lado del televisor y en cada “cantalo, cantalo, cantalo…” nos abrazábamos como desaforados pensando que ya éramos campeones.

Y como olvidar los comentarios de algunas amigas antropólogas, que no querían que la Argentina ganase el partido, ya que les daba lástima los pobres negros “explotados” de Costa de Marfil.

Ahora, en pleno 2010, intenté que eso no suceda otra vez. “Ya estamos grandes para esas cosas” pensé para mis adentros. Pero lo admito… no puedo. Hoy faltan 29 días para qué empiece el mundial y estoy ansioso como un niño. De repente, me descubrí en el colectivo armando un cronograma de partidos, pensando en que camiseta argentina me pondría, como formará la selección y sobretodo… sobretodo… si esta vez tendremos suerte.

Published in: on mayo 12, 2010 at 4:26 am  Comments (1)  

La angustia de esperar (o la chica del sombrero afrancesado)

Éramos alrededor de quince personas en total. Estábamos divididos en dos filas paralelas. Una era para pagar impuestos, la otra para socios.
Yo estaba parado en la de socios. Si hay algo que me pone de muy mal humor en este mundo es hacer colas, y ni hablar de esas colas en las cuales los minutos duran siglos y uno sigue exactamente en el mismo lugar. Me desespera. El autor que escribió el libro El elogio de la lentitud debe ser de Buenos Aires, capital mundial de hacer colas. En esta ciudad, no importa el lugar o la hora, uno siempre debe hacer colas para todo.

Cuando vi que el panorama pintaba para largos y eternos minutos de cola, saqué mi libro y me puse a leer. Creo que no habrán pasado mas de cinco minutos, cuando de repente escucho un grito: “¡Que tortura esto de ser pobre! ¡Que tortura esto de ser pobre y encima tener que trabajar!”

Al levantar la mirada, descubro que la autora de semejante frase filosófica, es una joven que se sitúa justo enfrente mío y que tenía la particularidad de llevar un sombrero afrancesado color bordó o bordeaux, como se escribe en francés.

Todos los presentes nos quedamos de piedra.

Otra cosa, que también pasa mucho en la ciudad de las colas y detesto. Todos sufren las mismas torturas temporales pero son pocos los que se animan a denunciarlas públicamente, amén de que haya alguna cámara de un noticiero para, ahí si, quejarse.
Un pibe que estaba en la fila de pago de impuestos y que leía un conocido diario deportivo, la miró fijamente, luego giró su cabeza y esbozó una sonrisita burlona. Fue su manera de aclararnos, que la piba estaba del tomate.

De repente, todo volvió a la normalidad, a la eterna espera y yo volví a la lectura de mi libro. Pero al cabo de unos pocos segundos, de nuevo sopa. Esta vez, con la diferencia que el grito fue a todo pulmón. “¡¿Por qué la desgracia me persigue a donde quiera que vaya?!… ¿Por qué siempre me toca a mí, esta tortura?”

No hace falta aclarar que a estas alturas, los más próximos a la joven (yo incluido porque estaba detrás) comenzamos a alejarnos como si la joven tuviera lepra. No exagero si les digo que más de uno pensamos que la muchacha iba a sacar un revolver de su cartera y nos iba a llenar de plomo, al estilo Columbine, harta del vacío y angustia que generan la espera de las colas porteñas.

Para ir cerrando y redondeando este relato, en donde no hay más conflicto que el ya mencionado anteriormente, podría decirles, que los gritos de la joven con sombrero afrancesado surtieron efecto, porque la cola comenzó a moverse y rápido. Cuando ella llegó a la caja, todos esperábamos una catarata de quejas, pero no fue así. Solo se limitó a sonreír y pedir cambio de monedas.

Más tarde, llegué a la estación del subte José Hernández y mientras esperaba el tren, saqué mi libro y me puse a leer nuevamente. Fue en ese momento, cuando levanté mi cabeza para corroborar si lo que había visto, estaba bien. Justo enfrente mío, del otro lado del andén se encontraba la chica del sombrero afrancesado, con unos auriculares puestos y moviendo la mano derecha al compás de la melodía. De repente, llegó el subte y ya no volví a verla.

Published in: on mayo 8, 2010 at 2:54 am  Dejar un comentario  

La angustia, Kafka y Osvaldo

Voy a empezar por el final. Discúlpenme si le saco toda la sorpresa a la historia. Pero estoy tan enojado conmigo mismo, que prefiero empezar por el desenlace.
La sinopsis vendría a ser más o menos así: Ayer entré en la librería de Osvaldo dispuesto a comprarme un libro de Kafka y me terminé comprando uno completamente diferente. Una vez más, sucumbí a su hechizo para dejarme llevar y comprar el libro que él quería que yo lea y no el que quería leer.

Aquí, queridos amigos, os voy a revelar cómo fue el truco de mi amigo, el librero.
Ingresé a la librería súper embalado con la convicción de que minutos más tarde saldría con mi libro kafkiano. Confieso que no había pensado cuál de todos, pero de lo que sí estaba seguro es que quería comprarme un libro de Kafka. (Hace unas semanas fui a una charla en el Malba sobre Borges y Kafka y me machacaron la cabeza con la obra del autor checo, por lo que decidí que sería bueno leer aquellas novelas que me faltaban).
Pero una vez en la librería, me encuentro con que Osvaldo no estaba solo, estaba acompañado de Eduardo, un anciano que suele pasar las tardes allí, leyendo y debatiendo sobre literatura.
Apenas nombrada la palabra KAFKA, Eduardo se levanta y elevando los dos brazos y la cabeza hacia el cielo, como si estuviera interpretando Ricardo III, dice: `Oh, Kafka… autor de la angustia… cada página de Kafka destila angustia y más angustia… Yo cuando leía El Proceso, me angustiaba cada vez más… el final de ese libro es realmente angustiante…`

Creo que en mi vida había escuchado tantas veces la palabra angustia en una sola oración. Pero a decir verdad, mi interés por Kafka disminuyó a un cincuenta por ciento. Osvaldo giró su cabeza, me miró y esbozó con una sonrisita irónica, como quién ha armado todo esa escena. Era como si hubiese sabido desde siempre que libro me quería comprar y haya preparado todo ese montaje para que me lleve el que él tenía en mente.
Rápidamente salimos del mundo kafkiano y empezamos a charlar de fútbol, de cómo debía formar Argentina en el mundial, de los goles de Palermo, etc. Minutos más tarde y entretenido por la charla futbolera, Osvaldo me tira un libro que agarro con asombro.

Ese tendrías que leer ahora… si no te gusta me lo devolvés, pero trata de leerlo…


El libro en cuestión es El guardián entre el centeno de J.D. Salinger, libro del que siempre había escuchado hablar pero nunca había leído.
Este libro fue escrito en 1954 y en su momento generó una gran controversia por su lenguaje ofensivo y por sus referencias a las drogas y el alcohol. Pero lo que más me llamó la atención, fue la anécdota de que Mark David Chapman, el asesino de John Lennon, portaba este libro en el momento de ser arrestado, luego de declararse fanático de Holden, el nombre del personaje principal.
Según Osvaldo fueron varias las obras discograficas que inspiró este libro y me dio como ejemplo a los músicos Billie Joe Armstrong, Green Day y los Guns n´Roses.
Así fue como cambié el mundo angustiante kafkiano, por el universo de un protagonista que ha perdido toda confianza en la sociedad que lo rodea y decide excluirse. La misma angustia, el mismo amor diria Campanella.
El final ya lo conocen. Salí de la librería confundido, con un libro que nunca había pensado llevarme y que en este momento me tiene en vilo.

Published in: on mayo 6, 2010 at 3:37 pm  Dejar un comentario  

Comunismo leido, Comunismo vivido.

Ayer conocí a Isabel. Esta señora de unos cincuenta y tanto años, es una mujer rosarina que vivió casi toda su vida en Rumania. Sí, Rumania.

Durante todo el trayecto en el colectivo la avasallé a preguntas, ya que quería que me contase su experiencia en aquel lejano país.
Hace mucho tiempo, tengo una especie de interés en la cultura rumana, nación que algún día me gustaría visitar, sobretodo, porque me apasiona la cultura gitana.

Isabel me empezó a contar que se fue siendo una adolescente y que al principio le costó mucho adaptarse. Una de las grandes barreras que tenía era el idioma, por supuesto. “Numele meu este Ignacio” así se diría mi nombre en rumano.

Un punto que acapararó mi atención fue el siguiente:

• Que la violencia infantil es muy grande. Según ella, los rumanos suelen dar grandes biabas a sus hijos sin ser denunciados.

Pero más tarde, aseguró que lo que más le costó fue adaptarse a la idiosincrasia y a la política de aquél momento:

“No te olvides que yo viví mucho tiempo bajo el régimen comunista… y una cosa es vivir el comunismo y otra cosa completamente diferente es leerlo en los libros de historia…”

Published in: on mayo 5, 2010 at 2:57 pm  Dejar un comentario