Estanque de aguas verdosas.

Yo sé que les va a parecer una estupidez. Pero nos hicimos amigos porque a los dos nos gustaba la misma compañera del colegio. Lucia. Y para empeorar las cosas, ella lo sabía. Tan segura estaba de ser el objeto de nuestros deseos, que hasta disfrutaba hacernos sufrir. Durante el recreo, la obviedad de nuestras miradas hacían, que con el esplendor de una reina, se paseara junto a Martín, el de los cachetes inflados, para gran envidia de nosotros. Sin embargo no nos dábamos por vencidos. Como Sísifo, volvíamos una y otra vez al esfuerzo inútil, agotando los pocos recursos que teníamos para conquistar su amor. Tarjetas con corazones, paquetes de gomitas masticables, mielcitas, gallinitas de colores de extraño elixir en su interior, cartas en sobres perfumados que yo le robaba a mi hermana. Incluso, un día llegamos a regalarle el mismo cassette de su cantante favorito. Sin embargo, cuando a fin de año, Lucía se mudó con su familia a Rosario sin haber demostrado jamás ningún tipo de interés por ninguno de los dos, la rivalidad fue transmutando en una gran amistad. Es cierto que nos sentimos frustrados por un amor no correspondido, no lo negaré, pero más tarde nos dimos cuenta que ella era el árbol que no dejaba ver el bosque.

A partir de entonces nos hicimos inseparables. Descubrimos con asombro que no solo teníamos el mismo nombre, sino que además, compartíamos las mismas iniciales. Entre bromas afirmábamos tener una especie de “hermandad cósmica” ya que nuestros apellidos no solo empezaban con la misma letra, sino que además compartían la doble “c”. En aquel entonces, nadie nos había explicado que esta es una característica que comparten ciertos apellidos italianos.

Las imágenes que se suceden a lo largo de la galería de recuerdos son infinitas. Partidos de futbol a toda hora, los sábados a la tarde en el cine Roma, carreras en bicicletas, chocolatadas mirando dibujos animados, el vértigo de caminar por el angosto “camino de la muerte” en el Parque del Sur, con consecuencias que hoy nos causarían risa, pero que en el aquel entonces y ante la mirada de un niño se nos revelaba como de vida o muerte.

Sin embargo, el recuerdo más persistentes hasta hoy, fueron los días de verano que pasé en el campo de sus abuelos. Durante esas jornadas compartimos nuestros juegos, con su hermano menor Bruno y un primo de la misma edad. Nuestra principal atracción consistía en trepar altos bloques de piedra que más tarde irían a parar a una extraña maquinaria de largas y filosas cuchillas que con mucho trabajo, los iba cortando y los reducía a diferentes tamaños y texturas. Como me explicaron más tarde, aquí funcionaba la fábrica de la marmolería que tenía su familia paterna en la ciudad de Santa Fe. Pero nuestra finalidad era trepar las rocas más difíciles hasta alcanzar la cima. Quien lo hacía primero, y sin ayuda de nadie, ganaba admiración, respeto y por unas horas se lo trataba de forma reverencial.

Una tarde, cuando el calor asfixiante y pegajoso, nos agobiaba incluso para trepar las piedras, decidimos cambiar los planes de juego y nos internamos en una expedición peligrosa hacia la espesura de un bosque de pinos que marcaban el final del territorio que pertenecía a la familia de mi amigo. Cuando llevábamos más de media hora de peregrinaje, descubrimos en medio de un claro, un enorme estanque de aguas de color verde esmeralda que en su superficie tenía una considerable cantidad de algas flotantes. Las paredes metálicas y oxidadas estaban recubiertas por un tapiz de musgo putrefacto y maloliente. Sin embargo para nosotros, este extraño descubrimiento nos lleno de fascinación y fuimos tejiendo las más disparatadas teorías acerca de quiénes y porque, habían creado un estanque de agua en medio de un bosque cerrado. Llegamos incluso, a fantasear dependiendo del humor que tomaban nuestras maquinaciones, que quizás en las profundidades descansaban cadáveres de personas porque seguramente aquel peligroso sitio solo era conocido por asesinos. Después nos fuimos a otro extremo y aseguramos que quizás allí, debajo de tantas algas y musgo, se encontraban portentosos tesoros. Cuando las chicharras anunciaron que la tarde estaba llegando a su fin, hicimos un pacto entre los cuatros de no revelar jamás la presencia de nuestro tan preciado descubrimiento. Hubiera lo que hubiera allí escondido, nos pertenecía.

Dos noches más tarde, cuando faltaban pocos minutos para cenar y jugábamos a las cartas en la cocina bajo el humo del espiral para matar mosquitos, Ignacio (porque para diferenciarnos a él lo llamaban el nombre y a mí con el apodo), perdió una partida de truco con su hermano. El castigo fue, el que todos de alguna forma u otra habíamos pensado. Mi amigo tenía que sumergirse por completo en las putrefactas aguas del estanque. Tal era la magnitud del castigo para mí, que nunca creí que lo llevaría a cabo.
Sin embargo, al día siguiente a la hora de la siesta, cuando por culpa del calor los adultos caen amodorrados donde encuentren cualquier ráfaga de viento, partimos hacia el estanque para cumplir la prenda. Mientras nos internábamos en el bosque, estuve tentado varias veces en decirle a mi amigo que no lo hiciera, que no valía a pena demostrarle valentía a nadie. Desconocíamos por completo las profundidades del estanque y si algo habíamos aprendido de las películas infantiles norteamericanas era que este tipo de proezas siempre terminaban mal. Más aun, no podía soportar la idea sumergirse en aguas verdosas que largaban un olor tan nauseabundo.

Sin embargo, ante la atenta mirada de su hermano, del primo y de la mía, Ignacio se sacó la remera, las zapatillas, tomó aire y con los cachetes inflados se sumergió en las oscuras aguas del estanque. Recuerdo las caras de asco que pusimos al ver como mi amigo desaparecía bajo aquella densa nata verdosa. Durante un rato, algunas burbujas ascendían a la superficie hasta que poco a poco se fueron extinguiendo. Luego sobrevino una tensa calma que fue coronada por un silencio sepulcral. Solo se escuchaba el canto monótono de las chicharras que no hacían más que agregarle dramatismo a la escena. Mientras que nosotros tres parecíamos estaqueados en la tierra y como muñecos solo atinábamos a mirar como las aguas se iban aquietando. Interiormente me reprochaba no haber sido más firme con mi amigo.
Pero al cabo de unos segundos, Ignacio emergió de las profundidades haciendo un estruendo y como si hubiera sido disparado hacia la luna. Alcance a ver en el aire como alzó los brazos y con la boca abierta trataba de buscar bocanadas de aire como si fuera un sapo. Luego se volvió a hundirse. A los pocos segundos, de nuevo en la superficie. Pero esta vez, alcanzó a gritar que se ahogaba. Y ahora sí, el pánico fue total. Intentaba convencerme de que todo era una broma. Pero cuando vi a su hermano y primo correr hacia la estancia me asusté. Me asusté mucho. Solo y como único testigo de la muerte de mi mejor amigo, no sabía qué hacer y lo único que se me ocurrió fue meterme vestido al estanque en rescate de mi amigo.

Para mi sorpresa, el agua me llegaba hasta un poco más arriba de la cintura pero en medio de la desesperación, no atine a darme cuenta de esta obviedad y traté desesperadamente de salvarle la vida a Ignacio.
Al sentir que mis manos intentaban rescatarlo, mi amigo se erguió por completo descostillándose de la risa mientras unas algas resbalaban por su cara. Tuve que esperar unos cuantos minutos para que mi corazón se calmara. Cuando minutos más tarde, su hermano llego acompañado de su padre, abuelo y tío también les costó divertirse con la broma de mi amigo.

Unos días más tarde y a poco de empezar las clases, Ignacio me contó que su papá había perdido el trabajo. Con una sonrisa, me dijo que sus padres le habían dado vuelta al asunto y que habían llegado a la conclusión que lo mejor era irse a vivir a Córdoba, con la promesa de un trabajo que les esperaba allá. Para mí, era lo mismo que me hubiera dicho que se iban a Japón. Lo único que me importaba era la sensación de vacío que sentí al imaginarme perder a mi mejor amigo. Y de alguna manera así fue. Nos vimos recién un año y medio más tarde. Me acuerdo que era una tarde lluviosa y por causa de las inundaciones de mi barrio, mi mamá me llevó hasta la casa de sus abuelos que quedaba a pocas cuadras de la mía. Cuando habían pasado pocos minutos del saludo, Ignacio fue hasta la cocina y volvió con una artesanía de porcelana que me había traído de regalo. Me dijo que la había comprado en una de las tantas ferias hippies que había en su nueva ciudad. Poco a poco fui conociendo los escenarios y actores de su nueva vida: las montañas, los lagos, el calor más soportable que el nuestro, el colegio, sus nuevos amigos, las compañeras que les gustaban y las extrañas costumbres familiares de vivir en otro lugar. Hablaba sin parar, entusiasmado, mientras yo tomaba consciencia por primera vez sobre cómo las distancias nos estaban alejando. Incluso llegue a sentir la incomodidad que caracteriza las charlas de los desconocidos. Supongo que él se habrá dado cuenta de lo que me pasaba, porque en un momento dado imitó un gracioso acento cordobés para quitarle dramatismo. Creo que el golpe final al que recurrimos para amortiguar esa extrañeza que sentíamos los dos, fue cuando sacamos a flote el recuerdo de la broma del estanque. Pero así y todo, apenas nos reímos.
Podría mentir y decir que esa fue la última vez que nos vimos. Pero no es verdad.

Los años pasaron y las distancias geográficas abrieron una brecha irreparable en nuestra amistad. Cuando a veces pasaba por la puerta de la que había sido su casa, sentía esa nostalgia del que añora momentos felices de su vida, pero nada más. Poco a poco lo fui olvidando y no tardé en hacer nuevas amistades. Cada tanto algún acontecimiento de su vida me llegaba en cuentagotas y repercutía en mí, como el reflejo de una estrella distante que expone sus últimas luces antes de extinguirse para siempre, porque ya no existe más: la marmolería de sus abuelos había cerrado, sus padres habían regresado a Santa Fe. El trabajo en Córdoba había sido un fracaso. Su padre consumido por los nervios de una vida infructuosa había muerto de un paro cardiaco. No voy a negar que la noticia de su papa no me impactara, pero también sentí que no llegaban a calarme hondo porque pertenecían a ser que ya me era un desconocido.

Sin embargo la vida siempre tiene preparado un cross que nos dá en la mandíbula cuando menos lo esperamos.

Hace dos años cuando me encontraba de visita en Santa Fe, lo volví a ver. Era un domingo al mediodía y los primeros calores de la primavera asomaban tímidamente. Me acuerdo que salía de un kiosco con una botella de gaseosa debajo del brazo mientras hacía malabares para abrir el paquete de cigarrillos con las manos. Al levantar mi cabeza, me costó reconocer en un cuerpo de adulto las facciones de aquel niño con el que había compartido mi infancia. Sin detener nuestras marchas, nos miramos por el rabillo del ojo reconociéndonos, estudiándonos, pero sin que ninguno de los dos se animase a romper el hielo. Incluso, cuando ya nos encontrábamos en una situación en la que no había margen de error, llegamos a aminorar la marcha, amagando un saludo que nunca se concretó. Me llevé rápidamente un cigarrillo a la boca y con la excusa de buscar el encendedor, agaché mi cabeza y seguí caminando. Así de cobarde fuí. Incluso, horas más tarde y con el asunto en la cabeza, traté de convencerme que también había percibido cierto alivio también en él. Triste desenlace para los dos.

Un año más tarde, me encontraba en mi departamento de Buenos Aires, ajetreado como siempre frente a la pantalla de mi computadora, con la pava y el mate a mi lado y los desesperados llamados de mis jefes solicitándome el guion para la locución. Cuando sonó el teléfono putee ante la interrupción porque faltaban escasos minutos para la entrega. Sin embargo, ese llamado fue el motivo por lo cual estoy escribiendo hoy. Del otro lado, la voz de mi madre me daba una noticia que con el tiempo se fue agigantando como las ondas de aguas agitadas.

Mi mejor amigo de la infancia, el “hermano cósmico”, aquel que se había sumergido en el estanque de aguas verdosas, había fallecido. Siguiendo las antiguas y morbosas costumbres santafesinas de fijarse las necrológicas del diario con la curiosidad de encontrar un apellido conocido, mi madre había lo había conseguido. Ese nombre era el de mi amigo. Ignacio tenía había muerto a los treinta años porque padecía leucemia. Durante todo un año estuvo internado en un sanatorio de alta complejidad en la Provincia de Buenos Aires. Pero su cuerpo cansado no había resistido los últimos tratamientos. La única persona que estaba a su lado en el momento de la muerte, había sido su novia. Según le dijo su mamá a la mía, sentía tristeza pero estaba bien porque su hijo “se había ido en paz”.

Como esa estrella distante que ha desaparecido pero que su luminosidad aun nos llega, recordé de golpe y en una fracción de segundo, todos los juegos compartidos. Incluso me acordé del miserable instante en que agaché la cabeza y le negué el saludo.
Por eso, yo sé que les va a parecer una estupidez. Pero incluso hoy, cuando algunas noches me cuesta conciliar el sueño, me quedo mirando el techo en plena oscuridad y me acuerdo aquella tarde en el estanque de aguas verdosas. Lo veo salir de la superficie como un cohete, agitando los brazos y descostillándose de la risa mientras las algas se deslizan por su cara dándole un aspecto monstruoso. Pero no tengo miedo. Y enseguida me guiña un ojo. Y yo le contesto con una sonrisa. Y antes de quedarme completamente dormido, el se me adelanta y se despide sumergiéndose nuevamente en las profundidades de aquel estanque, como si quisiera recordarme que debo quitarle dramatismo a las cosas.

Published in: on noviembre 25, 2015 at 9:16 pm  Dejar un comentario  

La Marilyn.

Por Ignacio Luccisano. *

“Él es a quien le gustan todas las canciones bonitas. Y le gusta cantar solo. Y le gusta disparar su pistola. Pero no sabe lo que eso significa”.

                “In Bloom” – Nirvana.

 El estruendo de los disparos provoca un eco infinito en el bosque, y como si hasta entonces todo hubiera estado bajo los efectos de un hechizo, la quietud se rompe y da paso a un movimiento frenético que busca recuperar el tiempo perdido. Los pájaros se desprenden de las ramas de los eucaliptus, y asustados, levantan vuelo agitando furiosamente sus alas. El viento sopla con fuerzas y empuja pesadas nubes que logran conformar una masa gris, uniforme, plomiza. De pronto, el aire se vuelve glacial.

Abajo, en la tierra, Marcelo se abre paso torpemente entre yuyales. Tropieza. Trastabilla. Tiene los ojos abiertos, grandes, blancos. Respira agitadamente, y como un pez sobre la superficie, da grandes bocanadas buscando aire. Se detiene. Levanta su cabeza hacia el cielo. Ve miles de pájaros huyendo. El hechizo está roto.

Yo estaba ahí, sin entender…Entonces empecé a correr a lo de los vecinos e inventé que nos habían asaltado…

Sus dedos flacos, largos, y encorvados como garfios, con las uñas pintadas de un rojo furioso, juegan con  un pedazo de mimbre que se desprende de la silla desvencijada del pabellón.  Mientras me ceba mates, Marcelo habla y sonríe todo el tiempo.

No lo pensé ni lo tenía planificado. Fue un impulso. Me acerqué con la carabina y apunté. Estaba con mucha bronca. Una bronca de años…

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Cristián Marcelo Pablo Bernasconi nació el 6 de junio de 1990 en la localidad bonaerense de Magdalena, a 106 kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires, a 16 de La Plata, y a pocos metros de la orilla del río. Hasta la fecha Juana Pintos ostenta con el privilegio de ser la única persona medianamente conocida de Magdalena. Sin embargo, el 26 de mayo de 2009, Marcelo le iba a rebatar por unos días, la popularidad a esa mujer que muchos magdalenenses no sabían quién era.

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Aunque no conserva fotografías de sus primeros años, Marcelo se enorgullece al afirmar que por aquel entonces era bien rubio, de tez bien blanca. Nada se parecía a este pelo negro teñido de amarillo flúor, y a esta piel trigueña con la que nada puede hacer. Hechicero con las palabras, sabe armar las oraciones y marcar pausas que generan tensión en el relato.

La bombilla del mate chista por falta de agua. Marcelo ceba otro, y cuando me lo pasa,  cuenta que desde que tiene uso de razón empezó a jugar a la casita gracias a su mamá que le compraba ollitas de plástico.

-Después, un día empezó a regalarme vestidos, polleras, collares, maquillajes y zapatos de ella… Me vestía como mujer y yo crecí como si fuera una mujer. A los 6 años me compraba muñecas. Mi hermano me llevaba 9 años de diferencia y casi nunca jugaba conmigo. Teníamos peleas como todos los hermanos, y en una de ellas me dijo que yo era adoptado. Eso me quedó grabado. – dice.

Tan grabada le quedó la ofensa, que desde entonces Marcelo no dejó de preguntarse por que no había fotos de su madre embarazada de él. Esas preguntas lo llevaron a otras. ¿Por qué me tuvo recién a los 41 años?… ¿Por qué no me parezco en nada ni a ella, ni a mi hermano? ¿Por qué Carlos me lleva más de diez años?…

Una vez me llegó una historia, que no sé si es verdad o mentira, sobre una pelea de mis papás y un romance de él con otra mujer. Dicen que al tiempo de tenerme, ella se enfermó y se murió. Según me contaron, mis papás llegaron a un acuerdo para que me cuidaran y mi mamá me aceptara como su hijo.

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Después de algunas patadas en las costillas, un par de sopapos y unos cuantos coscorrones en la cabeza, Marcelo finalmente confesó los crímenes. Lo encerraron en la comisaría novena de la ciudad de La Plata. Un mes más tarde, lo mandaron de nuevo a sus pagos. Paredes carcomidas, rejas, motines sangrientos, hacinamiento y violencia extrema, lo esperaban en una de las prisiones más represivas y trágicas del sistema carcelario argentino: el penal de Magdalena.

Con un miedo que le revolvía las tripas, apenas dio sus primeros pasos en la cárcel, los canas lo empujaron casi a la rastra hacia el pabellón evangélico. Como saben que homosexuales y religiosos no se llevan bien, tenían para divertirse un rato. Pero ese “rato” se prolongó por dos meses.  Homosexual confeso, lo trataban de “ovejita rosa” cuando estaban de buenas, y “puto de mierda” cuando de malas.

-Quizás estaban todos tomando mate, iba yo y me dejaban solo. Así que le pedí al abogado que me trasladen acá.

“Acá” es un pabellón donde no se mezcla el ganado.  Sobre las paredes carcomidas por la humedad, veo algunas frases escritas con lapicera azul y un par de dibujos obscenos. En el medio, se mezclan afiches de actores ricos y famosos, mostrando sus caras bonitas o sus músculos bronceados. Como “acá” no hay distención de sexos, tampoco las hay de nacionalidades ni de popularidad. Al lado de una foto de Brad Pitt, puede convivir tranquilamente una de Pablo Echarri.

Somos cuarenta todos iguales. Lo primero que me dijeron cuando me vieron entrar fue: “Pero si es una criatura”. Soy el más chico del pabellón. Nunca había estado en contacto con travestis, así que para mí fue todo nuevo. Y ahora cambié, ya no soy más Marcelo, ahora soy Marilyn.- me dice con orgullo.

marilyn

Marilyn y Johana son dos nombres tan comunes entre los travestis, como Carlitos a los mozos o José entre los carpinteros. Sin embargo, este nuevo nombre no nació por elección propia. No.

El nuevo nombre fue elegido por los habitantes de Magdalena. Años atrás, cuando Marcelo iba al almacén, los hombres del pueblo lo veían tan mariconcito, tan señorita, que lo insultaban diciéndole “Ahí viene la Marilyn”, y entonces se desataba la carcajada popular. Hoy, este nombre inventado por el jolgorio folclórico es el mismo que eligió para ocultar al verdadero Marcelo Bernasconi. Con una sonrisa picara, aclara que después de lo que pasó, está segura que ya no se reirán más de “la Marilyn”.

-En el colegio me gustaban los chicos. A los 10 años, mis compañeritos de escuela estaban enamorados de las chicas y yo de ellos. Como sabía lo que se hablaba de los putos, me agarró terror. En esa época, ser homosexual era terrorífico. Pero me callé y me encerré en el estudio. Trataba de no pensar en nada. Eso me llevó a terminar noveno año con el mejor promedio. En 2004 nos mudamos de campo, papá era siempre el que trabajaba y ahí empecé a trabajar yo también. No quise seguir con la escuela.

La pequeña y humilde casa prestada era apenas un punto rojizo, de paredes carcomidas, en medio del vasto campo dorado de trigo que se llama “Estancia El Rosario”, y queda a pocos kilómetros del pueblo de Oliden. Allí, a un costado de la casucha, su padre y su hermano armaron un pequeño tambo de 10 vacas con la plata que ahorraron con el sudor de sus frentes. Y fue precisamente durante aquellos buenos años, cuando Marcelo tuvo su primer romance. Fue con uno de los hijos del patrón. Una calurosa tarde de enero, mientras se bañaban en las verdosas aguas de un estanque australiano, entre zambullidas y empujones, los dos chicos comenzaron a tocarse por debajo del agua y, cuando nadie los veía, se dieron unos besos.

El hijo del patrón era tres años mayor y lo tranquilizaba diciéndole que lo que hacían no tenía nada de malo. Eran dos simples amigos que se querían mucho. De golpe, Marcelo se encontró con una persona de su edad, de buenos modales y que le brindaba afecto, caricias y calentura. No tardó en enamorarse. Afirma que por las noches suspiraba de amor y se quedaba hasta altas horas escribiendo cartitas románticas que le entregaba a escondidas al día siguiente. Cuando llegó marzo, su corazón se entristeció porque presintió la ruptura de una “amistad”, y el final de un verano que había sido mágico. Pero con este primer romance, también llegó la primera traición, el primer gran dolor.

Durante el recreo del primer día de clases, el hijo del patrón le dijo a sus compañeros que aquél, el morochito aquel, sí, ese, el que lo estaba mirando fijo, el tímido con cara de puto, lo había querido besar mientras se bañaba en el estanque de la estancia de su papá. Y eso no era nada. Cuando nadaban juntos, el muy degenerado, estiraba la mano por debajo del agua y buscaba tocarlo.

“Pueblo chico, infierno grande” es un refrán remanido. Uno no debería abusar de ellos para explicar lo que no necesita explicarse. Pero creo que es necesario traerlo a colación, porque fue entonces cuando realmente comenzó el infierno personal de Marcelo Bernasconi.

Eso llevó a que me gritaran cosas, me llamaran al celular, me mandaran mensajes. Me decían “puto”, pero a la vez querían estar conmigo. A mis amigos homosexuales les pasaba lo mismo: nos buscaban, pero nos discriminaban.

Hoy, el hijo del patrón de la estancia El rosario está casado, tiene tres hijos, y guarda el secreto de su despertar sexual para las noches en que le cuesta conciliar el sueño.

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“El acusado del homicidio no presenta alteraciones pasadas o presentes en sus funciones psíquicas”. Fue una de las frases que dijo la voz carrasposa del juez cuando pronunciaba parte de la sentencia efectiva que condenó a Marcelo Bernasconi a veinticinco años de prisión.

Los jueces no saben nada sobre el ámbito rural y lo que significa tener una sexualidad diferente en un lugar donde los patrones se “pasan” a los chicos si los ven afeminados… Pero ellos no son putos, los putos somos los que nos hacemos cargo…

Eran alrededor de las 2 de la mañana del 27 de mayo, cuando Marcelo llegó a la DDI de la Plata. Quebrado por el acoso policial, ya no le quedaban más ganas de inventar y detallar cómo había sido el robo que en realidad nunca existió. Con la cara bañada de lágrimas y sangre, Marcelo le pidió al comisario Gustavo Montalbano que le diera papel y lápiz. Tardó una hora y media. Durante ese tiempo, escribió diez páginas donde cuenta con lujos de detalles cómo había sido el infierno de su infancia y adolescencia, pero sobretodo, lo que más le interesaba leer  al comisario Montalbano a las dos de la mañana, cuál había sido la “razón” que lo había llevado a cometer los brutales asesinatos.

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Sentada en la silla de mimbre, La Marilyn en ningún momento apela a la compasión, ni tampoco a la revancha. Los años de opresión en su casa no se comparan en nada con el alivio que siente ahora, dentro de la cárcel. Si hay algo que todos notan la primera vez que ven a Marcelo, aun sin conocerlo ni saber su historia, es esa atmósfera de antiguo dolor  que lleva impregnado en su rostro.

-Mi hermano se mandaba macanas y los retos los recibía siempre yo. De parte de mi mamá, nunca un abrazo, nunca un beso, nunca nada. A la legua se notaba la afinidad que tenía con él. Yo nací y crecí en Magdalena, y tuve una infancia de campo. El campo no es como la ciudad, donde tenés amigos para jugar: te arreglás solo. Fue una infancia alegre y triste. Alegre porque, si bien jugaba solo, tuve una niñez normal, pero triste porque nunca tuve el afecto de mi mamá.

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Rodolfo tiene el cuchillo en la mano. El sol de Oliden le saca brillo a la hoja afilada.  Están en el gallinero de la estancia El Rosario. Marcelo entrecierra los ojos. Es un domingo de enero. Hace mucho calor y la humedad les hace transpirar. La tela de sus camisas raídas se les pega a sus espaldas.

-Vas a matarlo vos… – le dice Rodolfo a su hijo más chico.

Su voz es rotunda y decidida. Según le acaba de mostrar, para matar una gallina la tenés que agarrar fuerte y torcerle el pescuezo como si exprimieras algo. Parece fácil, pero el bicho se mueve mucho. Marcelo se queda mirando con compasión al animal.

– ¿Y?.. ¿Qué esperas? – le dice su padre.

Marcelo obedece. Es el momento de la verdad.  El niño toma al sitio del padre. Agarra a la gallina. Acomoda sus manos sobre ella. Una sobre el pescuezo, la otra, sobre sus extremidades. Aprieta fuerte.

-No, así no…- lo corrige Rodolfo. Marcelo presta atención.

Así…una mano acá… la otra acá… – concluye su padre.

Le pasan el ave. Siente el peso en sus manos. El chico queda hipnotizado mirando fijo los ojos del animal. Siente lástima.

–Dale, retorcele el cuello.– se impacienta Rodolfo.

– ¿Cómo?

Como te acabo de enseñar… con fuerza.

El hijo no reacciona. Entonces, el padre agarra sus pequeñas manitos y los dos juntos aprietan. El niño cierra los ojos. Hace fuerzas, su cara se pone roja. El pescuezo del animal truena. Siente los huesos crujir. Cuando abre los ojos, observa cómo su padre sostiene el cuerpo inerte de la gallina mientras lo aparta a un lado.

– Esto lo tengo que hacer yo.

Rodolfo agarra el cuchillo y pasa su afilada hoja por el cuello del animal. Le hace un largo tajo de lado a lado, de donde brota un chorro escarlata que baña el pelaje blanco de la gallina. Si esta operación no se hace bien, la sangre no mana y se queda adentro. Después es más complicado a la hora de abrirlo, le explica Rodolfo a su hijo mientras los dos observan en silencio cómo el animal se desangra.

-Siempre tuve mucha afinidad con papá. Pero en 2007 se enfermó. Para mayo su estado de salud estaba bastante deteriorado, tenía un tumor en el colon. Una tarde le conté que me gustaban los chicos. Ya para ese entonces yo estaba más enterado de lo que era ser homosexual. Yo dije: “Este me va a pegar una patada en el traste”; pero me dio esa confianza para decírselo y, al contrario, me apoyó. Me dijo que nada iba a cambiar, que yo iba a ser siempre su hijo. Y a partir de ahí nos unimos más. El 7 de noviembre fue operado, y el 24 falleció. La muerte fue inesperada, porque había otro pronóstico.

Con la muerte de su padre, finalmente llegó la tormenta que como una especie de profecía se cumplió. Los años de convivir con el miedo, el miedo verdadero, acababan de empezar. Marcelo no tardó en caer en un pozo depresivo. A los pocos días del entierro, su madre lo encontró llorando sobre la cama de su habitación. Cuando le preguntó que le pasaba, le dijo con mucha alegría que a pesar de la tristeza que sentía estaba feliz porque había podido compartir un gran secreto con su papá.

-¿Cuál? –  le preguntó su asombrada madre.

-Soy homosexual.

-¿Qué?- lo retó.

-Que soy gay y me gustan los hombres… – gritó Marcelo.

La Marilyn se lleva una mano a la boca para tapar la carcajada que le sube por la garganta. El recuerdo de esa escena le produce risa.

– ¡Ay, para qué!los gritos casi levantan el techo de la casa… A mí me sorprendió que ella se enojara tanto después de todas las cosas que hizo para que me convirtiera en señorita…

La Marilyn, ahora habla de forma canchera, como si ese recuerdo ya fuera muy lejano. Sin embargo, después de las risas, se queda pensativa durante unos segundos. Estira su mano y agarra la pava y el mate. Ceba uno frío.

-Ese día empezó el infierno que me terminaría trayendo a este pabellón. Me dijo de todo: que era la vergüenza de la familia, que más valía que nadie se enterase. Armó un escándalo. Al otro día le conté a mi hermano, buscando su apoyo, pero fue igual o peor. Pensé que me iba a defender, pero todo lo contrario. Me dijo: “Cuando eras chico, te tendríamos que haber tirado a un chiquero de chanchos… ¡Sos un enfermo!”.

Su madre se complotó con su hermano y  ese día empezaron los peores hostigamientos. Lo retaban, lo insultaban, le controlaban la plata que gastaba, la ropa que se compraba, las llamadas recibidas y realizadas desde su celular. Le prohibieron salir solo, tener amigos varones. Debía cortarse el pelo una vez por mes y las uñas cada quince días. Cuando Marcelo les hablaba, muy pocas veces le respondían. Entonces, agachaba la cabeza y salía al campo a llorar. A partir de ese día también, lo obligan a hacer el trabajo pesado que hacia su padre.

-Cuando murió mi papá me hice cargo del trabajo: me levantaba a las cinco y media, ordeñaba las vacas y hacía masa para muzzarella. A las ocho salía en caballo a recorrer las 525 hectáreas y trataba de terminar a las diez y media para cocinar. Después lavaba los platos y limpiaba la casa, y a eso de las dos y media ya me iba a apartar las vacas para hacer el tambo. A las cinco encerraba a las ovejas en dos corrales y les daba de comer a los chanchos. Al final del día cocinaba la cena y lavaba los platos…

Después de una extenuante jornada de trabajo, Marcelo esperaba la noche para ver los resplandecientes vestidos que usaban las vedettes que iban a bailar a Showmatch. Pero quienes copaban la televisión eran su madre y su hermano, mientras él tenía que estar lavando los platos. Cuando se iban a acostar, su madre lo despedía con una plegaria que era siempre la misma:

-“Te vamos a sacar machito a vos…”

Una mañana de octubre de 2008, Juana Alicia Pérez, la madre de Marcelo, debe ser operada de urgencia y es entonces cuando se enteran que tiene cáncer. Además del trabajo de campo, Marcelo también debe ocuparse de las tareas de la casa. Su hermano, indiferente, juega a los “jueguitos” tirado en la cama. Cuando vienen los patrones, agarra la pala y hace como que trabaja.

-Todos los días me decía: “Puto de mierda”.

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“Hola, me llamo Matías, soy de Bavio. Me pasó tu nro Edgardo”  fue el mensaje de texto que recibió Marcelo la noche del 24 de enero de 2009. Como su madre y su hermano le controlaban el celular, no respondió sino hasta la madrugada siguiente. Desde entonces, tomando todas las precauciones posibles, estuvieron mensajéandose durante toda la semana. Quedaron en encontrarse el sábado a la noche en Olinden. La decisión del encuentro no fue al azar. Ese día comenzaban los carnavales y él no se los iba a perder ni loco porque formaba parte de la comparsa “Los Locos de la Ruta”, y allí, encontraba la felicidad negada durante el resto del año. En el carnaval se podía poner tacos, vestido, peluca y antifaz y… sobretodo… divertirse. Sí, ahí podía divertirse delante de todos.

A las ocho y media de la noche del sábado primero de febrero del 2009. Matías, disfrazado de Freddy Mercury, paseaba por las calles de Olinden buscando a Marcelo Bernasconi en medio de una multitud sudorosa y borracha, que se agitaba al compás de los tambores. Pero no hay caso, no lo encuentra por ningún lado. Abriéndose paso a empujones y codazos, Matías está a punto de desistir, pero de repente, la mano de Edgardo lo agarra del hombro y lo frena. En medio del ensordecedor griterío, le hace gestos toscos  indicándole que aquel, el que está vestido de mujer, es Marcelo. El flechazo es inmediato. En medio de una muchedumbre eufórica, que durante esos días prefiere dejar su moral de lado, se consuma el primer beso…más bien… “el besito”.

-Matías es muy tímido el pobrecito… Pero en él encontré la fuerza y el apoyo que necesitaba para seguir, porque hasta ese momento había tenido varios intentos de suicidio. No daba más.–  dice La Marilyn trasmutando una sonrisa por un rostro serio. Se queda en silencio durante unos segundos mientras sus pensamientos sobrevuelan hacia el vacío.

-¿Por qué no te fuiste con él? – le pregunto sacándolo de aquellas imágenes de carnaval para traerlo de nuevo a este presente de rejas y paredes carcomidas.

– No podía porque yo me sentía la cabeza de la familia. Sabía que si me iba, ellos se quedaban en la calle. Y yo no quería eso para ellos. Tampoco podía prohibirle a Matías estar con su familia por mí. Para irme a un lugar tenía que irme lejos, porque si me iba a la casa de algún amigo, tarde o temprano me iban a encontrar. Desde que conocí a Matías hasta que pasó lo que pasó, viví con esas voces detrás mío todo el día, gritándome.

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Marcelo Bernasconi corre sin parar. Se abre paso torpemente entre yuyales. Tropieza. Trastabilla. Tiene los ojos abiertos, grandes, blancos. Todavía lleva en sus manos la carabina de su padre, una semiautomática Mahely M-11, calibre.22. Le falta el aire. Abre la boca como un pez que da grandes bocanadas para no morir asfixiado. Levanta su cabeza hacia el cielo. Ve  miles de pájaros huyendo.  Un mal presentimiento se impregna en él.  Es la extraña calma que precede a la catástrofe. Al ver el arma en sus manos, sospecha que ha desatado una masacre. La tira entre los yuyos y con pasos lentos, pesados, se dirige hacia al campo de los vecinos. Se agacha para sortear los alambres. Una jauría se abalanza para recibirlo. Los perros ladran furiosos y parecen a punto de atacarlo, pero cuando lo huelen, se tranquilizan. Lo conocen. Marcelo hace palmas y después golpea la puerta de madera destartalada y putrefacta.

Rosa, la mujer de Rubén, abre. Lo mira asustada. Fue un asalto. Aparecieron de la nada. Unos tipos encañonaron a mi madre y hermano, y yo alcancé a huir. Le tiemblan las manos y las piernas. Siente un vacío en el estomago. Transpira. Se va a desvanecer. Lo hacen pasar a la casucha. Desde la cocina desfilan varias personas. Los hijos y nietos de Rosa y Rubén. Lo sientan en una silla de mimbre desvencijada, como en la que está ahora, en el pabellón del Penal. Llora desconsoladamente mientras les pide que por favor llamen a la policía.

Veinte minutos más tarde, llega un móvil de la Policía Bonaerense. Los oficiales ingresan a la Estancia El Rosario y descubren el doble crimen. Luego se dirigen al campo del vecino. Cuando entran a la casa, ven al muchacho sentado en la silla desvencijada. Lo ven temblar de miedo. Marcelo levanta su cara y les pregunta por su mamá y su hermano.

– “Quédate tranquilo que tu mamá y tu hermano están en la cocina tomando mate” – le mienten.

Marcelo se calma. Se queda mirando fijo un retrato del Sagrado Corazón de Jesús que cuelga de una pared pintada de verde agua y desconchada. Los policías le piden que describa a los ladrones. Mientras habla, los inventa basándose en los personajes de las películas de acción que vio en el cine de Magdalena.

——–

Apenas  seis meses después del crimen, el casco de la Estancia El Rosario donde vivía la familia Bernasconi fue ocupado por un peón regordete que se instaló junto a su mujer y su pequeño hijo de un año. Mientras el pequeño juguetea con un gato, el peón se sienta en un banco de madera, agarra la pava y me pasa un mate.

-Los primeros tres meses fueron un infierno. No nos dejaban en paz. Era un constante peregrinar de curiosos que venían a ver la casa… ¿Qué mierda quieren ver?… Las manchas de sangre… ¿vos podes creer?… Nunca me imaginé que podía haber gente así.  Tan morbosa. Cuando la cosa se estaba calmando, un día aparecen tres tipos de trajes y anteojos negros, arriba de una camioneta de lujo con vidrios polarizados. Decían que eran de una productora de Buenos Aires y que iban a filmar una película sobre los asesinatos. Se metieron en la casa, miraron para todos lados y se fueron…

Le devuelvo el mate.

Al pedo nomás…  -dice para sí mismo.

Nos quedamos en silencio. El hombre se ceba un mate para él.

-¿Ud. Lo conocía? – le pregunto al cabo de unos segundos.  Levanta la cabeza y me mira como si  acabara de preguntarle una estupidez.

-Sí, claro… pero de vista nomás…Yo no trataba con él, trataba con el padre… era buena persona Don Rodolfo… este chico en cambio era medio rarito,  muy calladito… no le crea todo lo que dice. Es muy exagerado y mentiroso… tenga cuidado… eso de que hacía todo el trabajo pesado es puro verso. No hacía nada. Ni él, ni su hermano hacían nada. Basta con mirarle las manos para  darse cuenta de que no era capaz de levantar ni una ramita.

Después de unos cuantos mates más, me despido y le agradezco la amabilidad de dejarme charlar con ellos.

¿No quiere ver la casa? – me pregunta cuando le doy la espalda y comienzo a dar los primeros pasos. Me detengo pensativo. Finalmente levanto la mano para decirle que no.

No gracias…- “al pedo nomás” pienso para mis adentros, pero no se lo digo.

————————

Es casi medianoche. Escucho el repiqueteo de las gotas de lluvia contra la ventana de mi living. Abro la carpeta del expediente de la causa de Marcelo Bernasconi y el primer párrafo que encuentro hace que vea el momento de los asesinatos como si se estuvieran proyectando en una pantalla de cine.

“Las personas fallecidas fueron sorprendidas en sus quehaceres, el masculino, ordeñando en el corral, ya que se constató que en sus manos tenía crema de ordeñe y restos de pelos de animal, mientras que la femenina, se encontraba dentro de la vivienda, lavando unas mamaderas para cordero en la pileta de la cocina comedor. Ambas personas no advirtieron la presencia del atacante, quien los sorprendió por la espalda […]. Las dos víctimas no presentaban signos de lucha y/o defensa.”

Pienso en las palabras del nuevo peón de la estancia. Me entran dudas. ¿El hermano estaba ordeñando?… ¿No era Marcelo el que se levantaba temprano para ocuparse de todo eso? ¿Ese día todo fue distinto?

———

En el pabellón 40, La Marilyn ya no ceba mate. El agua se ha enfriado y ha dejado la pava apoyada sobre el piso. Levanta la cabeza y mira a través de unas rejas que comunican a un largo pasillo por el que se sale al patio “recreativo”.  Está pensativa.

-Hay una nube en mi memoria  y cuando vuelvo en mí, estoy lejos de casa, corriendo por el campo, transpirado, con un arma en las manos, preguntándome qué es lo que acabo de hacer  y sin animarme a volver. No tengo casi ningún otro recuerdo. Apenas alguno de mi hermano. Y de mi mamá nada, aunque me dijeron que la maté primero a ella. De mi hermano puedo decir que estaba a una distancia de unos tres metros, de espaldas, en el corral de ordeñe. Recuerdo el sonido del tiro y el instante en el que los pájaros salieron volando con su retumbe de aletas…

Hacemos silencio. Esta vez no me animo a romper los recuerdos que tiene La Marilyn. Uno esperaría que a continuación todo se desarrollara según estipulan los guiones del melodrama: el rostro compungido del asesino que rompe en llanto, se arrepiente de sus pecados, grita que mató por falta de amor, porque no soportaba más esa vida miserable, y poco a poco,  todo va conduciéndonos hacia el final inexorable donde la historia termina con una moraleja, o alguna frase donde promete que no lo volverá a hacer. Pero La Marilyn no es así.  Ella tiene el rostro sonriente.

-Después del hecho sentí mucha paz. Ya nunca más tuve esas vocecitas atrás que me recriminaban todo. Sé que voy a perder mi juventud acá adentro, pero, mal que me pese, ahora siento mucha paz.

La Marilyn me sonríe y con una mano se acomoda el pelo teñido de rubio, mientras que con la otra se apresura a sacar un cigarrillo del paquete que está en el piso, al lado de la pava. Se  lleva un pucho a la boca y me extiende el paquete para convidarme uno. Niego con la cabeza. Se sorprende ante mi negativa. Le digo que después de una dura batalla, logré dejarlo hace ya un año y medio. Me reta. Me dice que uno no puede ser tan puro en la vida, que con algo hay que intoxicarse. Pero enseguida, se saca el cigarro de su boca y lo deja sobre la mesita de luz. Incómodo, le digo que no haga eso, que fume, que a mí no me molesta. Al contrario, me encanta sentir el olor del tabaco. Pero ella, con una sonrisa pícara, me contesta que mejor no, que no hay que tentar al diablo, y me guiña un ojo.

– Lo primero que voy a hacer cuando salga va a ser ir al cementerio para comprobar con mis ojos que los maté. Ahora lo único que me queda son los sueños. Hay uno que siempre recuerdo: estoy con mi abogado en la sala del juicio, él llora porque no me puede salvar y veo en un pasillo a mi mamá y a mi hermano. Me sorprendo, pero ella me ignora y va derecho al abogado y le dice: “Salvalo a Marcelo, que por algo te contraté”.

 En ese momento, un oficial de la penitenciaria se asoma por la puerta del pabellón y me dice de mala gana que la vaya cortando porque se acaba el tiempo. Recién en ese momento me doy cuenta de los ruidos que nos rodearon durante todo este rato. Del patio, presto atención por primera a los gritos de los demás reclusos y a un ritmo de una cumbia, que por su melodía me doy cuenta que es santafesina. Sin saber porque, le digo a La Marilyn  que ese tema que se escucha a lo lejos es de un conjunto musical de Santa Fe. Ella, levantándose de la silla de mimbre desvencijada, pone cara de asco y con la mano me hace entender que la cumbia no es para ella.

-. Si fuera por mí, pondría solamente a Thalía y a Shakira. Acá, entre todas las chicas… Ah, sí, porque  acá hay chicas y chongos. Y yo estoy entre las chicas…a la tarde ponemos música y bailamos. Trato de estar alegre para no pensar. Si te ponés a pensar, la cabeza te mata…

Le doy la mano. Le agradezco la amabilidad con la que me atendió y le digo que deseo que la película sobre su vida sea todo un éxito. Que uno nunca sabe y que en una de esas, hasta puede llegar a ganar un Oscar. La Marilyn se ríe a carcajadas, y me asegura que sí, que ojalá sea así. Y remata diciendo que ella nació para el estrellato.

– Quiero ser como Flor de la V… una diosa total…

Y mientras camino hacia la puerta del pabellón, La Marilyn  termina de decirme algo que me descoloca totalmente.

Me recomendaron que lea a Manuel Puig, pero todavía no lo hice. Me dijeron que escribía historias parecidas a la mía…

 

Published in: on agosto 12, 2013 at 5:52 pm  Dejar un comentario  
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La Fiesta del Chivo.

“La fiesta del Chivo” de Mario Vargas Llosa, debe ser sin dudas, una de las mejores novelas que leí durante este año. Y eso que en estos últimos meses he leído mucho.

Tratando de no irme por las ramas, diré que este estupendo libro, es el primero que leo de Mario Vargas Llosa, escritor que sin duda alguna continuaré leyendo con “La guerra del fin del mundo”

Aunque el autor ha expresado muchas veces que este es un libro de ficción, Vargas Llosa pinta con mucha destreza a lo largo de 518 páginas, como fue la triste realidad que vivieron millones de dominicanos durante la “era de Trujillo”. La mayoría de sus personajes están basados en personajes reales y situaciones reales, como la conjura y el asesinato del dictador dominicano.

Sin dudas, “La Fiesta del Chivo”, es un libro estupendo, que se lee con una velocidad atrapante. Altamente recomendable. En unas horas empezaré a leer “La Conjura de los necios”, pero casi seguro que en breve volveré una vez más, a beber de la fuente de este excelente escritor que es Mario Vargas Llosa.

Published in: on noviembre 29, 2012 at 3:29 pm  Dejar un comentario  
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Si a la Reina de Inglaterra le gustó…

Estabamos sentados en el medio de la sala con los anteojos 3D puestos, para para ver LAS CRONICAS DE NARNIA, EL VIAJERO DEL ALBA o algo similar.
De repente una señora regordeta, nos pide permiso para pasar, por ese siempre escaso espacio entre nuestras rodillas y las butacas de enfrente. Le concedemos el permiso y con gran dificultad se sienta a nuestra derecha.
Ni bien se acomoda, tira sin demasiadas vueltas: “¿Qué criticas tienen de esta película?”
Contestamos que no sabemos.
Ante la incertidumbre de nuestra indiferencia critica, la señora replica: “Dicen que a la película la vió la Reina de Inglaterra… si la vió ella… debe ser muy buena…”

Nos callamos.

A los pocos segundos, llega su marido y se sienta a mi lado. Las luces se apagan y de la pantalla sale Johnny Deep en tres dimensiones. Las chicas suspiran en voz alta y alguna que otra, tira un manotazo al aire.
Finalmente empieza la pelicula que tanto le gustó a la monarquia británica, pero no así al marido de la señora; ya que apenas pasados los primeros cinco minutos, el hombre se duerme y se pone a roncar.

Published in: on enero 3, 2011 at 3:23 pm  Comments (5)  

El niño cowboy y el viejo.

Supongamos que la escena se desarrolla de la siguiente manera: mediodía de un caluroso día de verano en la ciudad de Santa Fe. Dos hermanos, uno de pelo castaño claro y el otro castaño oscuro, juegan en la calle. Uno porta una máscara de Ben 10 con una pistola láser en su mano, el segundo un sombrero de cowboy con su correspondiente arma. Es muy probable que estén estrenando juguetes que le ha regalado para navidad.
Pero no solo estos dos niños están en la escena. Imaginen que también hay un auto estacionado donde no le está permitido y por eso tiene las balizas prendidas.

Con una rapidez impresionante, el niño cowboy le roba descaradamente la pistola al niño láser. El niño Ben 10, vulnerable, se apura a esconderse detrás de un árbol. Cowboy en vez de acecharlo para darle el tiro de gracia, esconde la pistola láser debajo de una de las ruedas traseras del coche de las balizas encendidas.
De repente una puerta se abre de golpe. Un hombre elegantemente vestido sale a toda prisa de la casa. Una mujer lo despide desde la puerta y se apura a cerrarla. El hombre elegante se sube al coche estacionado y arranca velozmente. La pistola láser queda hecha añicos.

El niño Ben 10 empieza a llorar a los gritos. El auto de las balizas, que ahora están apagadas, se detiene. El hombre elegante se baja y mira hacia la pistola. No sabe qué ha pasado. Otra puerta se abre. Es la madre de los chicos, que al ver la situación comienza a regañar a cowboy por su comportamiento. Cowboy también empieza a llorar.
El hombre elegante pide disculpas sin entender muy bien cuál es su culpa. Sube nuevamente al coche y sale a toda prisa.
Láser y cowboy lloran desconsoladamente mientras la madre arriándolos a los gritos, los mete adentro de la casa.

Tito aún con las bolsas del supermercado colgándole de las manos, mira la situación por el ventanal de su casa y sonríe. La escena le ha traído muchos recuerdos. Cuando el túnel del tiempo lo libera de esas imágenes rancias, empieza a caminar como sus setenta y siete años le permiten.
Una cocina de azulejos celestes añejos. Un TV de los años setenta. El monótono tic- tac de un gran reloj colgando arriba de la puerta, es lo único que se escucha a lo largo y ancho de la casa.

Tito saca de la bolsa de nylon blanca una zanahoria. Abre un cajón de una alacena gris y antigua. De la misma extrae un pelapapas con el que pela la zanahoria.
De repente se escucha ruido de llaves y la puerta principal que se abre. Tito detiene su tarea. Se da vuelta lentamente. En la puerta de la cocina está su hijo con los ojos rojos de tanto llorar. A su lado está su mujer quien le pasa una mano por la espalda consolándolo. Tito aún tiene la zanahoria en una mano y el pelapapas en la otra. Deja todo sobre la mesada y se sienta. La garganta se le ha hecho un nudo. Pasa su mano por el mantel de hule floreado, dándose unos segundos para formular la pregunta que tanto teme. Luego, con mucho valor, levanta la cabeza para mirar a su hijo. “¿Se murió la vieja, no?”

Tito sale a la calle escoltado por su hijo y la mujer. Se suben a un taxi que espera con las balizas prendidas. Tito se acomoda en la parte trasera, al lado de la ventanilla. Desde allí gira la cabeza y se da cuenta que en el ventanal de la casa de enfrente, el niño cowboy se seca las lágrimas mientras mira como el viejo se acomoda en el asiento. Las miradas se cruzan. Tito le sonríe al niño y con los dedos simula una pistola, como lo haría Clint Eastwood en alguna de sus películas. Cowboy también sonríe, mientras mira como el coche se aleja por la calle desierta.

Published in: on enero 2, 2011 at 7:16 pm  Dejar un comentario  

Las brasas de la tierra.

Hace calor aquí -dije.
-Sí, y esto no es nada- me contestó el otro.
Cálmese.Ya lo sentirá más fuerte cuando lleguemos a Comala. Aquello está sobre las brasas de la tierra, en la mera boca del infierno. Con decirle que muchos de los que allí se mueren, al llegar al infierno regresan por su cobija.

Pedro Paramo- Juan Rulfo.

Nunca falla. Para estas fechas se repite hasta el infinito, la monotonía de las compras navideñas. Ritmo y tiempo, tiempo y ritmo van siempre acompasados por el calor. El verdadero protagonista de estas fechas… es él quien dirige la batuta.


La peatonal se llena de una procesión de muertos vivientes. Te ven venir de frente y no se corren, pasan al lado tuyo y te golpean con bolsos, bolsitas, carteras. También hay que esquivar taxis, remises, bicicletas, motos. Acostumbrarse el silbato de las naranjitas y los zorros. Pero cuando finalmente uno cree haber entrado en ese ritmo acompasado, no hay quien se frene de golpe para mirar una vidriera e inevitablemente se termina chocando y pidiendo disculpas hasta la cuadra siguiente, cuando tampoco se evitará un segundo encuentro repentino con alguien. En las compras navideñas, el ritmo siempre es ajeno… siempre.

Ritmo y tiempo es un lenguaje universal, de eso no hay dudas, pero en ciudades como Santa Fe, se distorsionan a causa del calor. Y aquí no hablo de mariconadas…estamos hablando del calor verdadero. Aquel calor que no deja respirar, porque combinado con la humedad le adormece a uno el cerebro y es ahí cuando se pasa a ser un muerto viviente más, que va de compras a la peatonal y que choca a las otras personas con los bolsos, y que se frena de golpe para mirar una vidriera; porque ya no te importa el prójimo que es pegajoso y molesto. Solo querés volverte a tu casa cuanto antes y rogas para encontrar un taxi vacío y es entonces que pasas por la puerta de un local y como la llamada de un ángel, sentís el aire frío y sin pensarlo te desesperas por entrar aunque no vayas a comprar nada.
Pero con el solo hecho de ingresar, sentís como si te hubiesen permitido pasar cinco minutos al paraíso y por fin dejar atrás las brasas de la tierra, la mera boca del infierno.

Published in: on diciembre 22, 2010 at 8:18 pm  Dejar un comentario  

El diablo y Ricardo Fort.

Uno lee el titulo y podría relacionarlo con algo cómico. Pero no lo es.

Mi hermano me cuenta, que hoy en el Hospital de Niños atendió a un chico de 11 años que dice haber visto al diablo. El joven postrado en una cama, mira a un punto fijo, casi sin pestañar y babea.

El chico, está fuertemente medicado. El padre, desesperado, le cuenta a mi hermano la experiencia. Comida familiar, el chico empieza a decir que ve muchos espíritus en la casa, a un tío muerto y que alguien quiere matar su abuela. Cambia su voz, se pone más aguda. Su padre intenta calmarlo, lo sujeta de los brazos. El pequeño se agita y con voz gruesa, le dice que no es su hijo. Empieza a los gritos.

Mientras me cuenta esto, en la TV pasan un resumen del programa de Fantino. Nos quedamos callados. Demasiada coincidencia. El invitado es un sacerdote exorcista. Pasan imágenes de un exorcismo en Córdoba. Una chica grita poseída.

De repente, el iluminado de Coco Sily le pregunta al sacerdote: “Mucha gente dice que Ricardo Fort saca lo peor de todos los seres humanos. Que sus actitudes hacen que la gente se enoje. Padre, ¿podría Ricardo Fort tener algo de diablo?”

Juro que la pregunta es seria. Por lo menos, Coco no se ríe. El sacerdote contesta: “Así es… así es…”
No sé como terminar la nota. Podría poner algo cómico como: “¿Tan bajo cayó el diablo?”. Pero pienso en el paciente de mi hermano y no me da nada de risa.

Published in: on diciembre 1, 2010 at 7:25 pm  Dejar un comentario  

Fragmentos de un asado.

Quedamos en llegar a las 10. Pero a las 10,30 fuimos con Andrea a buscar el auto. Vamos parando por Boulevard. Se suma Emmanuel y Julia. Llegamos a las 11.

Julián dice por mensaje de texto que compremos elementos vegetales para hacer ensaladas. También algunas gaseosas… y el típico vinito. Ya hay carne y el carbón.

Paramos al costado de la ruta. Compramos los vegetales, 3 botellas de coca cola y un vino tinto.

Llegamos a Colastiné. Mientras Emmanuel se pone a hacer el fuego, tomamos mates, fumamos, charlamos.

A los pocos minutos, se viene la picada.
Morcilla fría con pan, coca cola con hielo.

Llega el último integrante. Cuenta las experiencias de un casamiento desesperante.

Se viene el asado. Riquísimo, crocante. Ensaladas varias. Descorche del tinto.

Después de comer desaforadamente, la modorra. Y los efectos del tinto.
Estiramos los pies, algunos se tiran al suelo. Calor de siesta. Quietud santafesina.

Poco a poco nos vamos arrastrando al césped. Mojarse con lo que haya. El calor no perdona.

Los rayos del sol comienzan a descender. Arranca el tereré, tirados en un sofá sobre el pasto.

El regreso. El sol anaranjado de frente. La cara colorada y caliente. El embotellamiento. La gente caminando por la costanera.
El vaso de agua invertido en la cabeza, los globitos, la insolación y la ducha.

Refrescarse y tirarse en calzoncillos con el ventilador al máximo. Y sonreir.

Published in: on diciembre 1, 2010 at 6:48 pm  Dejar un comentario  

Todo sobre Mad Men.

Por Luci Porchietto.

Mad Men me gusta desde el primer capítulo. Sé que no a todos les sucede lo mismo. Al principio el ritmo de la serie es lento, moroso, arbitrario (aburrido, incluso, dicen algunos). Luego, con el correr de las temporadas la lógica se va acelerando y va quedando atrás esa especie de borrachera de Campari a la tardecita que es la serie en sus primeros episodios.


Don Draper, en cambio, demoró en convertirse un héroe para mí. Primero la quise a Peggy, después a la señorita Holloway, y mucho más tarde al pobre Don. Él se las arregla para no llamar la atención, ni siquiera a los espectadores. No es fácil ser un héroe tan oscuro. No quedan dudas: es su propia silueta la que cae entre los carteles rutilantes de Nueva York en los títulos: una mujer gigante y hermosa parece sostenerlo con su pie. Nunca sucede. Don Draper no deja de caer –o volar– entre la mampostería de una ciudad nueva.

Porque Mad Men es viejo y nuevo a la vez. Es, en realidad, el germen de lo nuevo: los hombres que están en el lugar justo en el momento indicado. Son publicistas, es Nueva York y empiezan los sesentas. Es estar en el punto preciso donde algo está gestándose. Es gestarlo, incluso. Entre tanto tufillo de novedad se respira un aire un poco inocente, casi pueril. Porque no hay novedad que no suene algo desmesurada con el correr del tiempo. Las publicidades de Starling Cooper, el corto que dirigió Salvattore (pobre de él, nunca tuvo aire), las modas, todo eso, nos causa algo de ternura. Pero no hay más: lo que sigue a ese gesto paternalista que sólo podemos esgrimir porque han pasado cincuenta años, es sólo dolor. El dolor de saber de dónde venimos.


Ahora, en Mad men no sólo hay hombres, sino mujeres. Cuesta un poco adaptarse a ver la naturalidad con la que el maltrato sucede en los primeros capítulos. Las cosas han cambiado, no lo suficiente, pero sí para que nos resulte increíble (nunca inverosímil) el modo en el que tratan a Peggy el día de sus inicios como secretaria, o la manera en que Draper se dirige a su mujer, o cómo los vecinos del barrio acogen a la única divorciada a la vista. Claro que como en toda buena historia los quiebres no dejan de encontrar intersticios, y ahí aparece Peggy, la primera heroína, defendiendo a capa y espada su lugar, ganándoselo antes, haciendo méritos y dejando todo en el camino para llegar a tener oficina incluso en medio de la misoginia. Y está la amante bohemia de Don, que lo lleva a recitales de poesía y le hace ver que el mundo es vasto e impredecible. Y está Holloway, con sus tetas enormes, ganándose el mundo sin más armas que su feminidad. Poder ver todo ese proceso, el modo de habitar ese mundo de hombres que encuentran las mujeres, incluso la odiosa Betty Draper, es impagable.

El día que vi el último capítulo de la cuarta temporada de Mad Men (todavía no lo pude borrar de mi disco rígido: es un tesoro, y no exagero) después soñé mi propio fin de temporada. En el sueño Don Draper, callado, con esos ojos vidriosos de tanto alcohol, intentaba decirme algo. Igual que el Draper de verdad (el de la serie, digo, porque para mí es real) a pesar de estar callado me transmitía algo urgente con sus gestos. “Hay que salir corriendo” dijo, al fin, con un hilo de voz: “Viene una tormenta, hay que salvarse. Después, todo mejora”. Yo, en el sueño, le hacía caso, ¿cómo desoír un consejo de Don Draper, si él ve todo incluso antes de que ocurra? Salí corriendo. Soñé con Draper, soñé conmigo. Tarde, es verdad, el héroe era parte de mi percepción, mi experiencia y mi mundo. Entró de a poco, de a gotitas, y ese tiempo lento, moroso, paciente, fue el que hizo que la serie se tornara tan verdadera.


Mad Men es la historia de muchos personajes enormes, descomunales, adorables y preciosos pero es sobre todo la invención de ese tiempo único en el que las cosas suceden justo cuando deben suceder y 1960 es, de un modo extraño pero indiscutible, la forma más precisa de la nuestra contemporaneidad.

Published in: on noviembre 26, 2010 at 2:09 pm  Dejar un comentario  

Gloria a Mad Men

Estoy abducido por Mad Men… lo admito. Hace casi una semana, me vi uno de los últimos episodios de la segunda temporada y todavía sigue rondando en mi cabeza. Fue tan genial, tan intenso y tan redondo que no me lo puedo olvidar.


Que es la mejor serie de tv, que los Grammys, que la decoración, que los actores, etc. Todo eso pasa a segundo plano cuando uno está abducido por una serie.

Trato de despejarme y ver otras cosas. Películas, pero no hay caso. Me pongo a leer, no hay caso.

Todo me hace acordar a Mad Men. Y me da nostalgia. Hago lo imposible para evitarlo. Darme un tiempo, “estirarlo”.

Pero nada es como Mad Men.

Para despedirme de esta declaración patética, les dejo una frase de Hernan Casciari sobre la serie:

“Pero sepamos esto de una vez y para siempre: por fin se podrá decir de alguna película, dentro de unos años, veinte o cincuenta años, la siguiente frase: “Fui al cine a ver tal cosa, y lo que vi casi, casi, estuvo a la altura de Mad Men”.

Published in: on noviembre 26, 2010 at 12:45 am  Dejar un comentario